Sentí alegría al ver la clásica bicicleta de Lorenzo, el elegante
zapatero amante de los vinos y de los libros, recostada en el poste en
frente a su taller. Yo estaba mal. Una serie de acontecimientos con
diferentes personas hacían que me sintiera en un carrusel de emociones
que variaban entre la irritación y la tristeza. Fui recibido con un
fuerte abrazo y alegría sincera. El artesano pidió que me acomodara
mientras hacía café fresco para animar nuestra conversación. Le dije que
necesitaba desahogarme e intercambiar ideas, pues parecía que el mundo
conspiraba contra mí. De un momento a otro muchas de mis relaciones se
habían vuelto problemáticas o frustrantes. Relaté algunos
desentendimientos y decepciones que habían ocurrido algunos días atrás
con diversas personas a quienes apreciaba mucho. Agregué que todo había
sucedido al mismo tiempo y hasta bromeé diciendo que parecía karma.
Lorenzo colocó dos tazas llenas de café sobre el mostrador y dijo:
“Karma es aprendizaje. Todo karma es un maestro que va a perfeccionar y
a fortalecer al aprendiz. Entendidas las lecciones el karma desaparece
así como aquel tipo de situación, hasta entonces recurrente, pues ya no
hay más razón para que exista. Por otro lado, el Karma se prolonga y
hasta se endurece en la medida que nos rehusemos a evolucionar. Si la
vida es una universidad, el karma se resume a las materias que debemos
cursar”.
“Cuando el mundo entero parece estar en contra nuestra, comúnmente el
problema está dentro de nosotros”. Me sentí indignado. Dije que las
personas me estaban maltratando y él decía que el error era mío. El
zapatero no se alteró. Con su voz siempre serena explicó: “No se trata
de saber quien está en lo cierto o equivocado, esto no tiene
importancia, pues quien habla es el ego, jamás el alma. Se trata de un
cambio de visión con relación a la vida, de permitirte una nueva postura
ante todas las cosas, de no autorizar a cualquier persona a tener
ningún poder sobre ti, principalmente el derecho de hacerte sufrir”,
hizo una pausa y agregó: “Ha llegado el momento de dar tu grito de
independencia”.
Me tambaleé en la silla no sé si por la incomodidad o el interés. Le
pedí que prosiguiera con el raciocinio. Lorenzo arqueó los labios con
una leve sonrisa y dijo: “Todos quieren ser amados y aceptados. La
manera más fácil y también la más llana es que nos den la razón, nos
aplaudan y nos digan lo maravillosos e importantes que somos. Por
fortuna la vida no es así o de lo contrario viviríamos en estado de
completo estancamiento y total hipocresía. Un ser atento a la evolución
trata la contrariedad y la decepción como herramientas de
perfeccionamiento y pruebas de madurez, nunca como causas de tristeza o
resentimiento”.
Le pedí que se explicara mejor. Mi buen amigo fue didáctico: “El
origen de tanto sufrimiento está en el simple hecho de que los otros no
corresponden a nuestras expectativas. Esperamos algo de alguien y esa
persona nos entrega una cosa muy diferente a lo deseado”. Me miró
fijamente y preguntó: “¿No es así?”. Sacudí la cabeza concordando.
Argumenté que las personas deben relacionarse con la misma sinceridad y
amor que les ofrecemos. Lorenzo levantó las cejas y dijo: “Ese es el
gran error. Cada cual sólo entregará en la exacta medida de sus
posibilidades, de acuerdo con su grado de entendimiento y grandeza de
sus sentimientos. Ni más ni menos. ¿Esperabas flores de alguien que te
entregó piedras? Pues bien, era lo que tenía en su corazón en aquel
momento. ¿Cómo esperar flores de un jardín desierto de amor? Ese es el
momento para actuar con sabiduría y retribuir con una suave lluvia de
compasión. De lo contrario, quedarás atado a una corriente energética
estéril de virtudes y luz”. Dio una pausa y concluyó su argumento con
una óptica diferente: “Por otro lado, muchas veces deseamos flores que
no merecemos. Nunca olvides pensar diferente y actuar mejor la próxima
vez. Es la parte que nos corresponde en todas las relaciones. Siempre es
posible y es un excelente ejercicio en la escalada evolutiva”.
“Exigimos lo mejor de los otros y deseamos ser comprendidos por
nuestras limitaciones y justificaciones. Esta es la raíz de los
conflictos. El camino de la paz es invertir la ecuación: ofrecer lo
mejor de nosotros y tener buena dosis de tolerancia ante la dificultad
ajena”.
Mencioné que la teoría era buena, pero que no era lo suficientemente
clara. El artesano concordó: “Tienes razón, falta otra cuestión: la
independencia emocional”. Volví a interrumpirlo para manifestarle que no
estaba comprendiendo. Él dijo: “Si no eres dueño de ti, de tus
emociones, nunca tendrás algún control sobre la propia felicidad. Quien
no es señor de sí será esclavo de la aprobación ajena. Cuando nos
rehusamos a entender quiénes somos, no podemos armonizar las emociones
más densas que nos habitan. Sin transmutarlas nunca conoceremos la paz.
Aceptar el desafío de enfrentar las tempestades en sí mismo es recuperar
el timón de la vida o de lo contrario serás un barco a la deriva, a
merced de los acantilados del desespero”.
“Cada vez que estamos irritados o tristes significa que comenzamos a
perder la batalla ante las sombras, individuales o colectivas. No
podemos exigirle al mundo la perfección que aún no podemos ofrecer. La
paciencia no siempre es un acto de generosidad sino, principalmente, de
humildad. El individuo despierto aprovechará inmediatamente cada
contrariedad existente dentro de sí como abono para cultivar las flores
que todavía no existen en su jardín. Son los jardineros de la luz”.
“Estamos condicionados a transferirle a los demás la responsabilidad
que nos cabe ante una eventual adversidad. Si somos infelices la culpa
es del mundo, ¿no es así? Intentamos explicar la propia imperfección en
la imperfección ajena. Negamos el espejo para no ver las imperfecciones
que sangran como heridas abiertas. Entonces creamos las dependencias
emocionales como antídotos para retardar el dolor de la inseguridad y
del miedo que envenenan la verdad. Cuando el mundo nos deja en
abstinencia, sin sus dosis de aprobación, todo oscurece y la vida toma
un sabor amargo”. Hizo una pausa y concluyó: “El resultado de ese
comportamiento es volvernos adictos al ‘sí’ y a los aplausos de aquellos
que nos rodean. Claro que llega un momento en el que la droga pierde el
efecto o desaparece del mercado. El efecto colateral inevitable es la
melancolía o el resentimiento. Así la humanidad aplaza las lecciones
contenidas en todas sus relaciones y se vuelve aburrida por tantos
lamentos”.
Le pregunté si él creía que yo estaba siendo fastidioso últimamente.
Lorenzo dio una buena carcajada y respondió con honestidad: “¡Mucho!”.
Ante la expresión de contrariedad que enseguida mostré, el artesano
agregó: “Te quejas de todo últimamente. Cuando creemos que el mundo está
fuera de lugar es porque aún no encontramos nuestro lugar en el mundo.
Este lugar existe según tu capacidad para equilibrar ideas y emociones
en tí mismo. Cuando todo parece incomodar, no lo dudes, hay algo errado
dentro de nosotros. Entonces es hora de alinear lo que está enredado o
no podremos proseguir”. Insistí en sustentar que yo era un hombre feliz.
Él me miró con compasión y dijo: “Quien trae la felicidad en sí no
pierde tiempo ni energía quejándose de la vida pues está ocupado con sus
propias alas, empeñado en aprovechar el viaje”.
Admití que él podría estar en lo cierto, pero le confesé que no sabía
por dónde comenzar. Lorenzo me observó como quien mira a un hijo y dijo
dulcemente: “Sigue la cartilla básica: un buen inicio es dejar de
lamentarse; deja de señalar los defectos ajenos; abandona la insensatez
de querer modificar a alguien; nunca transfieras la responsabilidad por
tus frustraciones. Estos son los escalones de la madurez, presupuesto
fundamental para la libertad”. Tomó un sorbo de café antes de concluir:
“En caso contrario renunciarás al control que tienes sobre la propia paz
y se lo entregarás a los otros. Este es el motivo por el cual la
serenidad se ha vuelto un artículo raro en las calles. Ser libre es
tener autonomía sobre tus ideas y emociones. Ser pleno es entender que
nadie depende de nadie para vivir la felicidad”.
Comenté que todos ansían los aplausos del mundo ante la dificultad de
lidiar con los propios errores. El zapatero argumentó: “Sólo cuando
falta humildad y simplicidad para reconocer la condición de aprendiz. Sé
justo contigo ante el error, ten la responsabilidad de reparar lo que
sea posible y asume el compromiso ante tí mismo de actuar de otra manera
en una próxima oportunidad, sin sufrimiento o tortura pues estos son
instrumentos de las sombras que paralizan y descontrolan. Sigue en paz,
el universo en su infinito amor te dará la oportunidad de mostrar, en
algún momento, que la lección fue aprendida”.
Lorenzo se levantó para servir más café en nuestras tazas. Insistí en
que no sabía cómo comenzar con los cambios. Él, de pie, sentenció:
“¡Transforma las viejas formas!”. Le dije que no entendía exactamente
lo que significaba aquella expresión. El artesano se sentó nuevamente y
explicó: “En vez de lamentar la divergencia, aprovecha el conflicto para
construir la paz. Esto es fuente de luz. En lugar de atribuirle la
culpa a los otros, acepta la responsabilidad ante la propia evolución y
las lecciones inherentes a la vida. Esto es parte del Camino. Solamente
los tontos desean cambiar el mundo, los sabios se transforman a sí
mismos pues saben que todo vendrá por afinidad. Finalmente, nunca le
concedas a nadie el poder sobre tu paz. Esta es una de las muchas
elecciones que te pertenecen. En las elecciones reside tu poder, en el
perfeccionamiento de las virtudes conocerás tus alas”.
Lorenzo me ofreció una linda sonrisa y finalizó: “No olvides que no
es el mundo el que define la belleza del viaje, sino la fuerza que traes
en el corazón. Esta fuerza crece a medida que depuras, poco a poco,
todas las virtudes en tí; sólo restan los comentarios incapaces de
impedir tu jornada”. Me miró a los ojos y dijo: “No es necesario
autorización ni hay límites para quien vuela impulsado por los vientos
de las propias virtudes”.
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