sábado, 16 de septiembre de 2017

Habrá momentos...

Habrá momentos de soledad donde pensaras que tu vida no vale nada, pero el cosmos siempre tiene algo nuevo para ti.
Habrá momentos de alegría y felicidad donde pensaras que los tienes todo y después de despertar, te darás cuenta que te encuentras
Rodeado de gente vacía y que necesitas cierta soledad para descubrir en el silencio tu poderosa y oculta divinidad.
Recuerda que todo está sujeto al cambio (transformación) y que pasaras de oruga a mariposa si estás dispuesto a soportar el dolor de la metamorfosis - transformación.
Aléjate de aquellos que te hagan creer que no puedes transformarte y convertirte en la obra de arte que naciste para Ser. Solo los mediocres y conformistas creen que el cambio no existe por qué ellos no pudieron lograrlo por temor, debilidad e indecisión.
Recorre el camino con aquellos que huyan de lo ficticio de la vida y busquen lo real, la divinidad y la espiritualidad, ya que es lo único que te otorgará las llaves doradas a la eternidad.
Rodéate de gente fuerte de mente, sabía de espíritu y noble de corazón, siempre te guiarán por el camino correcto aunque no sea el más fácil.
Nunca te lamentes por la pérdida de nadie, los dioses son sabios y te traerán siempre a alguien mejor y compatible con el estado de asencion al cual llegaras a través de el esfuerzo de tu propia transformación.
Da siempre lo mejor de ti y avanza como un guerrero, siempre adelante sin mirar atrás e impulsado eternamente por la poderosa fuerza que mueve a los universos.
El Amor.
Gerard Lambert Elenes.

EL SUFRIMIENTO ES UNA OPCIÓN

EL SUFRIMIENTO ES UNA OPCIÓN

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Había llegado temprano a la pequeña y elegante ciudad situada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Sus calles seculares de piedra parecían aún adormecidas cuando, para mi sorpresa, vi la antigua bicicleta de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, recostada en el poste en frente a su taller. El horario de funcionamiento de su tienda era imprevisible e improbable. Nunca se sabía cuándo estaría abierta. Fui recibido con alegría y con una sonrisa sincera. Mi amigo acababa de hacer café y nos sentamos en el mostrador con dos tazas humeantes para conversar. El elegante artesano tenía en el remiendo del cuero su oficio; la costura de la vida con los hilos de su extraña filosofía, era su arte. Aquel día no fue diferente, una vez más él me desconcertó con lo imponderable. El zapatero comentó que una de sus sobrinas, hija de su hermana, había acabado de salir del taller. Ella estaba muy agitada pues su marido había resuelto disolver el matrimonio. Había ido en busca de una palabra de consuelo, de una idea que le sirviera de linterna para iluminar sus pasos. Le pregunté si la joven había salido mejor después de la conversación con el tío. Entonces Lorenzo me sorprendió: “Creo que no. En verdad, salió de aquí peor de lo que entró, pero con el tiempo entenderá lo que intenté explicarle”. Quise saber qué le había dicho para aliviar la aflicción de la joven que generó el efecto contrario. El zapatero respondió con naturalidad: “Todo sufrimiento es una elección”.
¡Ojalá! Cuestioné a mi sabio amigo pues parecía haber enloquecido. ¿Ese era un consejo para ofrecer? ¿Quién en sana consciencia escogería el sufrimiento? El artesano, sin afectarse tomó un sorbo de café y dijo: “Todos aquellos que aún no pueden ver más allá de las nebulosas de la ilusión”.
Hizo una pequeña pausa e hizo un paréntesis: “A penas quiero hacer una distinción. No me refiero al dolor físico oriundo de una pierna rota, por ejemplo. Me refiero al sufrimiento que surge de las fracturas emocionales, aquellas que estremecen y ahogan el alma en un mar de lágrimas innecesarias. Hay que entender que la finalidad del Camino es perfeccionar al andariego, enseñarle a ser feliz, en perfecto equilibrio interior, en plena armonía con el mundo, pero sin cualquier tipo de dependencia externa. Solidario e independiente al mismo tiempo. Independiente al no permitir que nada, ni nadie, tenga el poder de derrumbar su paz. Mientras su serenidad sea despojada significa que aún no ha aprendido las lecciones indispensables para seguir adelante. Por otro lado, solidario al entender la necesidad de compartir siempre lo mejor de sí, sin esperar nada a cambio. Al día siguiente, con la consciencia en plena expansión, ofrecerá un poco más y esperará aún menos. Esta práctica cura y transforma. Esta es la Ley del Amor, una de las que compone el Código No Escrito. Los conflictos son las lecciones; las elecciones son los bolígrafos con que escribimos las pruebas”.
Le dije que estaba delirando. Ejemplifiqué con muchas situaciones que surgen en la vida de todos, ajenas a nuestra voluntad, y que traen sufrimiento. La muerte de un pariente querido, enfermedades, desempleo, separaciones afectivas, entre otras variantes. Lorenzo no se inquietó: “Las situaciones surgen en la exacta medida del indispensable aprendizaje requerido en aquel momento, para la evolución personal. La cuestión no es el problema en sí, sino cómo reaccionamos ante éste. Esto puede cerrar un ciclo de lecciones o hacer con que se repita. Por lo tanto, sólo restan tus elecciones. Nada más. Ellas definen quiénes somos y las condiciones del próximo tramo del Camino”.
Argumenté que la teoría es siempre perfecta. No obstante, la práctica suele ser más complicada. El zapatero movió la cabeza y dijo: “La dificultad del problema en realidad dice mucho sobre ti mismo. El primer paso es entender que cada cual enfrenta los exactos conflictos en la medida de las necesidades de su aprendizaje. La vida es perfecta en sus imperfecciones. Ese es su método de perfeccionamiento. Aprender que la forma como reaccionamos a los problemas determina las condiciones del viaje, quién nos acompañará, los puentes, los abismos y el paisaje que encontraremos en la jornada es el segundo paso. Percibir que las elecciones son las únicas herramientas disponibles es hacer uso de la magia personal. Magia es transformación. Este es el tercer paso y trae el poder alquímico de transmutar plomo en oro, es decir, de substituir la agonía por la paz”.
Me pareció algo confuso. Le pedí que fuera más específico. Lorenzo no se hizo de rogar: “No importa cual sea el problema. Todos serán siempre serios y enormes. En el caso de mi sobrina, por ejemplo, ella insiste en creer que tan sólo será feliz al lado del ex marido, comportamiento de total dependencia afectiva. No percibe que éste comportamiento crea un peso en el matrimonio que lo vuelve insostenible. Al entender que nadie puede conceder a nadie el poder sobre su felicidad, buscará la alegría en el lugar correcto: dentro de sí. Sólo entonces podrá compartir con el otro, en la indispensable ligereza del amor. ¿Percibes que es una dicisión?”.
“Con la muerte no es diferente. Muchos sufren por la ignorancia de creer que hay un punto final en la historia, cuando en realidad es apenas un cambio de capítulo. Otros, aunque entienden que la muerte no es el fin, insisten en confrontarla como una pérdida ante el apego a la presencia física, actitud repleta de egoísmo que no tiene en cuenta el aprendizaje personal y los intereses espirituales de quien partió. La famosa terquedad en ser el centro del universo ajeno, en vez de enfocarse en la belleza de las propias lecciones, inevitablemente traerá sufrimiento. ¿Percibes que la óptica con que escogemos encarar las situaciones determina los dolores o las delicias?”.
Sustenté que muchas veces sufrimos por la nostalgia. Lorenzo abrió una amplia sonrisa y dijo: “La nostalgia es algo maravilloso, pues es el registro del amor de aquella convivencia. Sólo existe nostalgia donde hay amor. El amor no necesita de la presencia física para existir, pues está mucho más allá de lo que se puede tocar. Agradece por sentir nostalgia, pues demuestra que la vida no fue en vano. Lo que no deja nostalgia se pierde en el vacio de la existencia. Por lo tanto, cada vez que la nostalgia te invada debes sonreír y conmemorar”. Frunció el entrecejo y concluyó: “Claro, puedes escoger sentirte víctima de las circunstancias, un abandonado por la vida y ahogarte en la tristeza. La decisión es tuya”.
Recordé que muchas personas sufren por el hecho de quedarse desempleadas y pasar serias necesidades materiales. El buen artesano enfrentó la cuestión: “Claro que todos deben tener lo necesario para una vida digna. No obstante, aunque el dinero pueda proporcionar muchas cosas buenas, cuando se tiene una relación saludable con él, jamás podrá ser factor determinante para la felicidad. Me canso de ver millonarios en crisis de depresión en sus mansiones, mientras me deparo con operarios en plena alegría en las favelas. Claro que lo contrario también ocurre, lo que comprueba que todo depende una vez más de las elecciones que el individuo hace”. Hizo una pequeña pausa y agregó: “¿Cuántas veces ya experimentamos que la desgracia en realidad es una gracia disfrazada? Siempre oímos historias de personas que se volvieron mejores después de una situación adversa, pues solamente así despertaron dones y talentos adormecidos. No tengas duda, esto apenas fue posible porque escogieron enfrentar el problema con sabiduría y coraje, en vez de ahogarse en un mar de lamentos”.
Bebió un sorbo más de café y profundizó en la cuestión: “Las enfermedades, muchas veces terminales, pueden ser arrasadoras o transformadoras, dependiendo de la manera con la que el paciente encare el momento. Cierta vez, fui a visitar a un amigo al hospital en tratamiento contra un cáncer. Era era una óptima persona pero tenía cierta tendencia al pesimismo y al mal humor. Me preparé para lo peor y me sorprendí. Aunque estaba débil por causa de la quimioterapia, con ojeras profundas y sin cabello, lo encontré en el mejor momento de su vida. Me recibió con una sonrisa sincera, sus ojos desbordaban serenidad y sus palabras sembraban alegría. Me dijo que en la enfermedad encontró la farmacia del alma y, solamente por estar viviendo aquella situación, entendió toda la belleza del Camino. Estaba muy agradecido por todo lo que estaba viviendo, por la oportunidad de un nueva y transformadora visión”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Lo más interesante es que compartiendo cuarto con él, había un hombre completamente arrasado, sintiéndose el sujeto más infeliz del mundo y preguntándose por qué aquella tragedia le había sucedido, aunque su cuadro clínico no era tan grave como el de mi amigo. ¿Te das cuenta que cada cual hizo su elección? Como dice el maestro, ‘cuando tu ojo es bueno, todo tu universo es luz’”.
“Solemos perder tanto tiempo reclamando del zapato que nos fue dado, pues lo juzgamos inadecuado para aquel tipo de senda y no reparamos en andariegos que siguen sin una de las piernas, con ligereza y desenvoltura mayor que la nuestra. Hacen más con aparentemente menos. En verdad, el poder de ellos está en las elecciones; en saber que todo puede ser diferente y mejor, revelando el espejo de un ser en armonía consigo mismo y, como consecuencia, con el universo. Esta fuerza está adormecida dentro de cada uno. Al escoger la óptica que encuentra los defectos del mundo perdemos la oportunidad de ver sus maravillas. Cada vez que permitimos el sufrimiento significa que acabamos por negar una oportunidad para la alegría, gracias a una elección equivocada. Lamentamos la leche derramada en vez de bendecir la lección de manipularla correctamente”.
“Nada obstaculiza más al andariego que los lamentos. Cuando reclamamos, en el fondo, intentamos justificarnos ante nosotros mismos por la poca disposición para permitir una elección diferente, capaz de transformar la realidad. Esperar que el mundo se adecue a nuestras necesidades y deseos es mucho más cómodo que luchar por los más bellos sueños, ¿cierto? No obstante, no es así que toca la gran orquesta de la vida y acabamos envueltos en una esfera de amargura al perder el baile. En ciclo vicioso, continuamos reclamando y nos olvidamos de que a causa de las elecciones que hicimos ayer, estamos repitiendo lo mismo hoy y proyectando para el día siguiente”.
“El ciclo se hace virtuoso a partir del momento en que aceptamos cosechar de acuerdo con la siembra. La historia de cada persona no es más que la suma de las elecciones que hizo durante el viaje en ésta estación y en las anteriores. Definir los próximos destinos significa hacer elecciones concernientes a ellos. Alterar futuras rutas exige modificar las elecciones de ahora. Por esto la importancia de profundizar en los confines del ser, para entender y aceptar lo que lo trajo hasta aquí y, entonces, transformar la realidad. Por ello, es preciso sinceridad y coraje consigo mismo; entender quién fuimos y quién somos, para rediseñar quién queremos ser realmente”.
“Por miedo, escogemos la jaula en vez de las alas; por egoísmo, escogemos poseer en lugar de compartir; por ignorancia, escogemos el tener en detrimento del ser; por celos, escogemos distanciarnos del amor; por el brillo del deseo, escogemos apagar la luz de los sueños; por terquedad, escogemos el estancamiento, impidiendo germinar la sabiduría; por comodidad, frenamos el movimiento de la vida; por orgullo, escogemos la ilusión en el intento de olvidar la verdad. Así, inconscientemente, acabamos escogiendo la enfermedad al no permitir la cura”.
Mencioné que todo concepto nuevo es algo confuso hasta encontrar el debido lugar dentro de cada uno. Sin embargo, confesé que tenía razón en sus argumentos. Lorenzo dijo con seriedad: “Todo conflicto externo es reflejo del desorden interno. La manera como reaccionamos a las dificultades demuestra el mayor o menor poder de las sombras que todavía nos habitan. Todas las desavenencias, desde los problemas sociales hasta las relaciones personales, revelan el grado de predominio del ego sobre el alma de aquel grupo o individuo. El sufrimiento de un individuo es directamente proporcional a las sombras que lo habitan. Iluminarlas es una elección”.
El artesano me observó por instantes, me ofreció una linda sonrisa y finalizó: “La elección es el único instrumento que poseemos para ejercitar nuestra espiritualidad. No hay otro. Las sombras pueden volver la existencia un pesado oficio. Por otra parte, seguir por las complejidades de la luz, con sabiduría y amor, transforma la vida en un refinado arte. Solamente las elecciones te darán la ligereza, o no, para sostenerte en el aire”.

viernes, 4 de agosto de 2017

Simbolismo Oculto de la Muerte


Simbolismo Oculto de la Muerte•


La imagen puede contener: 1 persona, sonriendo Desde que el hombre es tal, la muerte ha sido objeto de temor y de ritualidad. El hombre, cuando desarrolló la mente simbólica, comenzó a tomar consciencia del significado de la muerte, y eso ocurrió hace mucho tiempo. Pero como tales, las primeras sepulturas datan del Neolítico, hace 10.000 años. En ese período de tiempo, a los muertos se les asegura una estancia estable y protegida; se tapiaban las grutas en las que el cuerpo era depositado bajo túmulos, dólmenes o monumentos funerarios que son, en cierto modo, los primeros cementerios.
Para la mayoría de las religiones, la muerte es un proceso inevitable y natural que forma parte de la vida. Para los Esenios en particular, el cuerpo es corruptible mientras que el alma es inmortal e imperecedera. De este modo, la muerte libera el alma de la prisión material.
Judíos, cristianos y musulmanes, comparten la creencia en una supervivencia del alma después de la muerte. En la religión hindú. Los fieles de esta creencia están convencidos de la transmigración de las almas, cuando muere el cuerpo, el alma sigue con vida y encarna en otro mortal, planteando así el dogma de la rueda de reencarnaciones. Algo parecido ocurre en el budismo.
Los egipcios, hacían gala de un complejo ritual en relación a la muerte. Más apegados a lo material, sentían que era necesario proteger el cuerpo de forma minuciosa, razón por la cual desarrollaron el proceso de momificación. Así, se protegía al muerto de cara a un largo viaje para el cual, al finado le colocaban amuletos protectores.
En África, la muerte es vista como una etapa de renovación del hombre, un camino hacia el más allá, que es un lugar de tránsito. La mayoría de las tribus reconocen la transmigración; no retienen al difunto, sino que le autorizan a regresar a la tierra e iniciar un nuevo círculo vital.
Es sorprendente saber que sólo las comunidades cristianas, judías y musulmanas disponen de cementerios propios. En otras culturas se deshacen de las víctimas. Por ejemplo, en la India o en el Nepal, "arrojan las cenizas de los cuerpos que antes han incinerado al río Benarés". Por aquellos lugares, la cremación es una práctica común, síntoma quizá del desapego por lo material, quizá a consecuencia de la creencia en la transmigración de las almas. Si es así, qué importa el destino de lo material.
La humanidad comparte el concepto de la muerte como un proceso biológico natural que se manifiesta con el cese de las funciones vitales del ser humano, pero una visión más amplia nos permite concebirla también, como un proceso espiritual mediante el cual el espíritu abandona el cuerpo físico para continuar viviendo en otro plano o dimensión.
La muerte es sólo un paso más hacia una forma de vida en otra frecuencia.
la experiencia de la muerte es casi idéntica a la del nacimiento. Es un nacimiento en otra existencia... la muerte no es más que el abandono del cuerpo físico, es el paso a un nuevo estado de conciencia en el que se continúa experimentando, viendo, oyendo, comprendiendo, riendo y en el que se tiene la posibilidad de continuar creciendo.
Luego del desprendimiento del cuerpo, el alma o espíritu atraviesa un período de "convalescencia", para recuperar sus fuerzas de espíritu libre de la materia. La lucidez de las ideas y la memoria de su vida retornan muy lentamente, de acuerdo con su grado de superioridad espiritual o elevación. En este momento de "despertar" al mundo o plano espiritual, el espíritu nunca se encuentra solo: es asistido o recibido por su Ángel Guardián o Espíritu Protector y espíritus familiares a los que unió en vida el amor, clara expresión del cumplimiento de la Ley de Solidaridad Universal entre ambos planos. Sea cual sea la condición del espíritu, siempre se hallará contenido por esos seres espirituales que se encuentran ocupados y preocupados por su proceso evolutivo.
En este nuevo mundo o planos, siempre apoyado por otros espíritus más evolucionados que él, repasa su vida, analiza sus errores y sus aciertos, ve, oye y se comunica a través del pensamiento y del sentimiento en forma directa, trata de intuir y apoyar a aquellos seres que dejó en la materia, porque el amor y el afecto conquistado son vínculos que no se interrumpen o destruyen con la separación física. A este mundo espiritual podríamos definirlo como imponderable porque no es mensurable por lo humano o material y en él, el espíritu deberá aprender a desplazarse sin el peso del cuerpo o la atracción de la ley de gravedad.
A pesar de todo esto, el dolor ante la muerte de un ser querido es inevitable, porque implica una separación transitoria y el dejar de experimentar la sensación física de su presencia y ello, naturalmente, deja un hueco que lleva un tiempo poder recomponer. Conocer y saber más sobre este proceso común en la vida de todo ser humano puede ayudar a encarar el tema desde otra óptica, más amplía y evolucionista de la vida más allá de la muerte.
La muerte es un tema eludido, soslayado, negado por nuestra sociedad moderna, que ha hecho un culto de la juventud. Olvidamos que es una parte de la existencia, como el nacer y que también en esa etapa final puede haber crecimiento y desarrollo. No es una enfermedad ni una prisión de la que debemos escapar. Los que han tenido la fortuna de que la muerte les avisara su llegada por anticipado, tuvieron una posibilidad más de llegar a ser, en esos postreros momentos, plenamente humanos.
El conocimiento espiritual comparte con otros saberes y doctrinas, la seguridad de que el espíritu es inmortal y que guarda en sí todos los sentimientos cultivados en la vida material, porque estos no conocen de fronteras y límites terrenos.
Sin dudas, nos sentiremos más tranquilos y serenos al saber que cuando el espíritu recobre sus fuerzas en el mundo espiritual, podrá asistirnos mediante la intuición, la fortificación a nuestras luchas, acompañando nuestros pensamientos y sentimientos, siempre que nos predispongamos en la reflexión serena a recibir su ayuda. Podremos percibirlos entonces, de otra manera, y la calma y la conformidad que vayamos logrando a medida que transcurra el tiempo nos ayudará y ayudará también al ser que dejó el plano material a conseguir la suya.
La fe en Dios y en la misericordia de sus leyes que nos guían y protegen, aunque no siempre podamos razonarlas, nos darán más serenidad y entrega para saber que la muerte es sólo el comienzo de otra vida más plena, donde nos reencontraremos, en algún momento, con quienes luchamos, vivimos y amamos, para seguir aprendiendo y progresando.
La certeza de la supervivencia del espíritu luego de la muerte del cuerpo físico, constituye una realidad trascendente al aportar conocimientos sobre la inmortalidad del alma y lleva serenidad y confianza en los procesos de la evolución. Así lo expresa, la primera de las máximas de LAS TRES GRANDES VERDADES DEL MASÓN: "El Alma del hombre es inmortal y su porvenir es el destino de algo cuyo crecimiento y esplendor, no tiene limites".
Significando lo anterior, que para el Masón, la MUERTE, como fin material de todos los Seres, en el plano de existencia material–terrenal, da origen al NACIMIENTO de una NUEVA VIDA; es decir, de una Esencia Espiritual que JAMÁS DESAPARECE, y además es susceptible de continuar progresando, de conformidad con el nivel de los planos en cuyo medio se desarrolla.
La palabra muerte, debe ser entendida en su sentido más general, como un cambio de estado, cualquiera que sea, es a la vez una muerte y un nacimiento, según que se considere por un lado o por el otro: muerte en relación al estado antecedente, nacimiento en relación al estado consecuente. En la iniciación masónica, que es una muerte iniciatica, se describe como un segundo nacimiento, lo que es en efecto; pero este segundo nacimiento, implica necesariamente la muerte al mundo profano. Esta muerte simbólica, es como una suerte de recapitulación de los estados antecedentes, por la que las posibilidades que se refieren al estado profano serán definitivamente agotadas, a fin de que el ser pueda desarrollar desde entonces libremente las posibilidades de orden superior que lleva en él, y cuya realización pertenece propiamente al dominio iniciático. Muerte y nacimiento, permite el paso del orden profano al orden iniciático.
Esto puede ser entendido como una regeneración psíquica; y es en efecto en el orden psíquico, es decir, en el orden donde se sitúan las modalidades sutiles del estado humano, donde deben efectuarse las primeras fases del desarrollo iniciático; pero éstas no constituyen una meta en sí mismas, y no son todavía más que preparatorias en relación a la realización de posibilidades de un orden más elevado, queremos decir, del orden espiritual en el verdadero sentido de esta palabra.
El neófito muere a la vida profana para renacer a una nueva existencia, santificada, renace igualmente a un nuevo ser que hace posible el conocimiento, la conciencia y la sabiduría. El iniciado no es solamente un recién nacido: es un hombre que sabe, que conoce los misterios, que ha tenido revelaciones de orden metafísico. Muere a viejos rencores, odios y otros vicios, adaptándose a los cambios, renunciando al ego. Al igual que en la muerte física, se entregan a la gracia de lo superior, constantemente, para renacer.
Dejan lo viejo sin dolor y toman lo nuevo con naturalidad. Viven en el reino de la razón y la actividad mental. Tienen capacidad de conectarse con energías ancestrales para esclarecer situaciones. Son serviciales, muy responsables y exigentes consigo mismos, con gran capacidad de perdón, de olvido, de transformación y auto sacrificio, poseen una gran sensibilidad, seguridad consciente y conciencia de comunidad.
La muerte simbólica, atiende el llamado, a la entrega, y al de dejar ir las cosas. La entrega es lo opuesto al abandono, es liberarse del deseo de querer controlar las cosas, y dejar ir tus ideas y esquemas del pasado que limitan las posibilidades. La entrega es liberarse de las ataduras de la acción preconcebida para que puedas vivir una vida más inspirada, sin creencias limitadoras. La muerte simbólica revela el ser, el verdadero ser, al podar las partes innecesarias. Busca nuevas maneras de ser, nuevas ideas y nuevas direcciones que ocupen el vacío que has creado con tu entrega y liberación. Siente el bálsamo de perdonar que es intrínseco con el reino de la muerte. Deja ir las cosas, y en acto de dejarlas ir, el universo te renueva con nueva Vida.

martes, 11 de julio de 2017

De vuelta a casa






De vuelta a casa

Cuando doblé la esquina y no vi la clásica bicicleta de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, recostada en el poste en frente a su taller pensé que no estaba con suerte aquel día. Los horarios improbables e inusitados de funcionamiento de la zapatería ya eran leyenda en la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Yo estaba triste. Desde siempre, la relación con mi madre había sido complicada, como si amor y dolor alternasen en el palco de la vida, generando memorias que interferían en los días por vivir. Tuvimos otra discusión y yo quería reunirme con el buen artesano. Necesitaba hablar para recordar lo que ya sabía y oír para aprender lo que todavía no sabía. Era hora de almuerzo y decidí ir a un agradable restaurante cerca de allí. Como si la casualidad existiera, cuando entré me deparé con el zapatero sentado en la mesa con una mujer más joven que él. Yo no la conocía. Cuando me aproximé percibí que ellos estaban tomados de las manos y tenían el rostro mojado con lágrimas. Retrocedí pero él me vio, sonrió de manera sincera y me llamó. Me regaló un fuerte abrazo y me presentó a la joven. Era su hija menor. Ella había salido muy temprano de casa. Después de muchas peleas con el padre abandonó la universidad sin la debida conclusión y permaneció años sin dar noticias. Yo conocía la historia y sabía que Lorenzo la había buscado durante mucho tiempo sin éxito. Ella acababa de volver. La alegría por el reencuentro transbordaba en ambos.
Fuimos presentados y la joven fue muy amable. Habían terminado de almorzar, ella le pidió la llave de la casa al padre; necesitaba un baño y algún descanso. Feliz, se despidió. Lorenzo me pidió que me sentara para comer. Ordenó otra copa de vino tinto para acompañarme. A solas, el artesano me contó que la hija había regresado después de constantes decepciones y frustraciones por las cuales había pasado; venía en busca de apoyo y auxilio. Le comenté que era una excelente oportunidad para tener una seria conversación y para que fuera riguroso, ya que sólo lo había buscado porque el mundo había sido hostil con ella. Él sonrió levemente y dijo: “No, Yoskhaz. La vida ya le aplicó las lecciones más duras, es mi oportunidad para hacer la diferencia, para dar la otra mejilla. Ella necesita comprensión y cariño, además de mucho amor”.
Bebió un sorbo de vino y agregó: “Todos, por la incomprensión de sí mismo, parten rumbo a un país distante para encontrarse hasta entender que aquello que buscan está en casa; entonces tarde o temprano regresan”. Lo interrumpí para decirle que no había entendido esta última parte. Él explicó: “Es un viaje que todos hacen, sin excepción. Algunos sienten la necesidad de viajar con el cuerpo; no obstante, todos lo realizan en espíritu, dentro de sí”. Insistí diciendo que no comprendía. El zapatero fue didáctico: “La insatisfacción y la angustia se fundamentan en la fragmentación del ser. Dividido entre los deseos del ego y las necesidades del alma, el ser alimenta dudas que dependiendo de cuánto ya se conoce, de cómo lidia consigo mismo y con las propias emociones, del refinamiento de las percepciones y, en consecuencia, con la situación presente, podrá generar factores de paralización, fuga o evolución. El hecho desagradable puede generar una inseguridad capaz de llevarlo al completo estancamiento dejándose dominar por el miedo; a una fuga ante la dificultad para equilibrar los instintos primarios con los deseos más nobles; o a usar el momento para entender mejor la búsqueda por la esencia que lo ilumina, en la jornada para la superación de las dificultades que lo limitan en ese momento”.
“Todos traemos herencias sociales, culturales y ancestrales que componen los archivos tanto del ego como del alma. El ego está ligado a los placeres inmediatos y sensoriales, a los instintos impulsados por las sombras, a los aplausos, a la seguridad de la vida por el control de la voluntad ajena, a la dominación, a la posesión, al brillo social. El alma es la parte del ser preocupada con el desarrollo de las virtudes, los sentimientos fraternos, la evolución, el encanto de la vida por la libertad de los otros y de sí propio, el desapego, la Luz personal. A cada elección separamos aún más las partes o las aproximamos, en un proceso de armonización y posterior plenitud”.
“En diferentes niveles, todos perciben esa división interna. Entre mayor el abismo, más dolorosa es la herida. Unos prefieren ignorar la fragmentación y le conceden total poder a las propias sombras. Son los que desean dominar a los otros, las situaciones que los cercan o viven en función de acumular bienes materiales; miedo, egoísmo, vanidad y ganancia son las sombras que dominan a esos individuos; suelen estar rodeados de personas con iguales intereses simulando afecto y, aunque nieguen o intenten disfrazar las apariencias, son profundamente infelices y amargados. Presta atención, ellos aparentan poseer gran fuerza externa, se sostienen en el orgullo de la ilusión de creerse mejores, en la arrogancia de sentirse poderosos, pero en el fondo son frágiles y desean auxilio para salir del sótano oscuro en que se encuentran. Nunca admiten sus errores, permanecen estancados, el ego viajó a un país distante, lejos de casa y no admite volver. El alma es la verdadera casa del ego, que insiste en negarla, en la búsqueda por la felicidad en un lugar distante, fuera de sí mismo. En ese momento, ellos se hacen esclavos de las propias sombras”.
“Otros, un poco más conscientes, optan por sofocar los instintos primarios y los recuerdos traumáticos en verdadera guerra contra sí mismos, con la ilusión de esconder las sombras, ante el riesgo de permitir su aparecimiento furtivo y la pérdida inesperada de control. A menudo las sombras se manifiestan como explosiones nerviosas o decisiones inaceptables de personas aparentemente calmadas y sensatas. ‘No creo que fulano haya hecho eso, él siempre parecía tan equilibrado’, es la frase que solemos oír en esos casos. Aprisionar las sombras es una guerra sombría que acabará llevando al individuo al descontrol, a accesos repentinos de furia o a seguir hacia el otro lado, igualmente negativo, de la depresión, del desánimo o del pánico. Intuyen que necesitan regresar a casa, pero todavía no saben cómo. El ego está perdido en el bosque de las sombras. Desesperados, intentan huir de sí mismo. Quedan aprisionados con las sombras como carceleras”.
Algunos, no obstante, pueden verse en el espejo con sinceridad; están dispuestos a profundizar en el autoconocimiento. Aceptan la existencia de sus sombras y las abrazan con amor. A cada consejo oriundo del ego, el alma lo convida a conversar con cariño a fin de mostrarle que siempre existen diferentes posibilidades, como si fuese un niño que necesita ser educado con amor para volverse un adulto mejor. Cualquier memoria desagradable que traiga culpa o trauma, ya que nunca será olvidada, no debe ser castigada o repelida cuando se presenta. Al contrario, es una excelente oportunidad para ser tratada con sabiduría, compasión, humildad, equilibrio, perdón y, principalmente, amor, en trabajo incansable de mostrar que cada uno actúa según la exacta medida de su capacidad de mente y corazón, en aquel momento del proceso evolutivo. Tanto tú como el otro. Al entender que el error es permitido a todos en la escuela de la perfección, dejamos de envolvernos en la tristeza, que tanto corroe, o debatirnos por la culpa, que tanto paraliza, para asumir la responsabilidad de hacer diferente y mejor de allí en adelante. Así iniciamos el trayecto de regreso a casa. En el ejercicio de armonizar el ego y el alma para que se hagan uno, siempre teniendo las virtudes como guía, la Luz acaba disipando definitivamente las sombras; esto integra el ser y lo libera”.
“Cuando el ego está desorientado parte a un país distante con el deseo de encontrar la miel de la vida. Las experiencias vividas, sumadas a la ampliación de la consciencia y a la capacidad amorosa, lo hacen percibir que la búsqueda de los bienes valiosos e imperecederos tienen como destino el otro lado de sí mismo, el alma. Entonces, ese día, regresa a casa y sucede el gran reencuentro”.
“Este grado de equilibrio se llama madurez y se refleja en la mejoría de todas nuestras relaciones. Es la sedimentación de la virtud de la armonía en el ser y la posibilidad de vivir en paz.” Añadió que su hija estaba comenzando a experimentar esta última enseñanza y concluyó: “El movimiento interno siempre se refleja en la actitud exteriorizada”.
Argüí que era muy fácil arrepentirse después de ‘estrellarse contra el mundo’. Lorenzo levantó las cejas e hizo una pregunta retórica: “¿No es así con todos?”, en seguida prosiguió el raciocinio: “Como en la parábola del hijo pródigo, abandonamos la casa en busca de lo mejor que la vida tiene para ofrecer, ilusionados con riquezas y placeres. Las tempestades nos obligan a buscar un puerto seguro. El regreso a casa marca la sedimentación de la humildad en el ser: sólo tendrá espacio para crecer aquel que se admite pequeño y se coloca a disposición de las lecciones. Al entender que la conquista del tesoro es el desarrollo de las propias virtudes, el andariego admite el rumbo equivocado, da media vuelta y armoniza el ego con el alma. Esta virtud, la humildad, permite iniciar el Camino y será indispensable para atravesar el primer portal”. Volviendo a referirse a la hija, dijo: “Tratarla de manera severa es hacer lo mismo que el mundo ha hecho. Ella ya aprendió estas lecciones. Recibirla con amor es hacer diferente y mejor. Es entregarle lo que necesita”.
Terminó el vino y pidió permiso para retirarse. Deseaba estar al lado de la hija. Me dio un abrazo y lo vi salir del lugar, estaba radiante de alegría. Pedí una torta de chocolate como postre y percibí cómo todo aquello se aplicaba a la relación con mi madre. Aún sin conversar sobre ello con el zapatero, él me había proveído de todas las respuestas que yo necesitaba. Ya habíamos sido muy rigurosos uno con el otro; muchos cobros y exigencias, ninguna paciencia y poco respeto para aceptar las diferencias y los límites del otro. Era hora de invertir aquel juego y permitirme hacer diferente para que yo pudiese descubrir lo mejor de los dos. Corrí a la estación y compré un pasaje en el próximo tren. Almorzaría con mi madre el domingo. Yo estaba, de varias maneras, volviendo a casa.