viernes, 4 de agosto de 2017

Simbolismo Oculto de la Muerte


Simbolismo Oculto de la Muerte•


La imagen puede contener: 1 persona, sonriendo Desde que el hombre es tal, la muerte ha sido objeto de temor y de ritualidad. El hombre, cuando desarrolló la mente simbólica, comenzó a tomar consciencia del significado de la muerte, y eso ocurrió hace mucho tiempo. Pero como tales, las primeras sepulturas datan del Neolítico, hace 10.000 años. En ese período de tiempo, a los muertos se les asegura una estancia estable y protegida; se tapiaban las grutas en las que el cuerpo era depositado bajo túmulos, dólmenes o monumentos funerarios que son, en cierto modo, los primeros cementerios.
Para la mayoría de las religiones, la muerte es un proceso inevitable y natural que forma parte de la vida. Para los Esenios en particular, el cuerpo es corruptible mientras que el alma es inmortal e imperecedera. De este modo, la muerte libera el alma de la prisión material.
Judíos, cristianos y musulmanes, comparten la creencia en una supervivencia del alma después de la muerte. En la religión hindú. Los fieles de esta creencia están convencidos de la transmigración de las almas, cuando muere el cuerpo, el alma sigue con vida y encarna en otro mortal, planteando así el dogma de la rueda de reencarnaciones. Algo parecido ocurre en el budismo.
Los egipcios, hacían gala de un complejo ritual en relación a la muerte. Más apegados a lo material, sentían que era necesario proteger el cuerpo de forma minuciosa, razón por la cual desarrollaron el proceso de momificación. Así, se protegía al muerto de cara a un largo viaje para el cual, al finado le colocaban amuletos protectores.
En África, la muerte es vista como una etapa de renovación del hombre, un camino hacia el más allá, que es un lugar de tránsito. La mayoría de las tribus reconocen la transmigración; no retienen al difunto, sino que le autorizan a regresar a la tierra e iniciar un nuevo círculo vital.
Es sorprendente saber que sólo las comunidades cristianas, judías y musulmanas disponen de cementerios propios. En otras culturas se deshacen de las víctimas. Por ejemplo, en la India o en el Nepal, "arrojan las cenizas de los cuerpos que antes han incinerado al río Benarés". Por aquellos lugares, la cremación es una práctica común, síntoma quizá del desapego por lo material, quizá a consecuencia de la creencia en la transmigración de las almas. Si es así, qué importa el destino de lo material.
La humanidad comparte el concepto de la muerte como un proceso biológico natural que se manifiesta con el cese de las funciones vitales del ser humano, pero una visión más amplia nos permite concebirla también, como un proceso espiritual mediante el cual el espíritu abandona el cuerpo físico para continuar viviendo en otro plano o dimensión.
La muerte es sólo un paso más hacia una forma de vida en otra frecuencia.
la experiencia de la muerte es casi idéntica a la del nacimiento. Es un nacimiento en otra existencia... la muerte no es más que el abandono del cuerpo físico, es el paso a un nuevo estado de conciencia en el que se continúa experimentando, viendo, oyendo, comprendiendo, riendo y en el que se tiene la posibilidad de continuar creciendo.
Luego del desprendimiento del cuerpo, el alma o espíritu atraviesa un período de "convalescencia", para recuperar sus fuerzas de espíritu libre de la materia. La lucidez de las ideas y la memoria de su vida retornan muy lentamente, de acuerdo con su grado de superioridad espiritual o elevación. En este momento de "despertar" al mundo o plano espiritual, el espíritu nunca se encuentra solo: es asistido o recibido por su Ángel Guardián o Espíritu Protector y espíritus familiares a los que unió en vida el amor, clara expresión del cumplimiento de la Ley de Solidaridad Universal entre ambos planos. Sea cual sea la condición del espíritu, siempre se hallará contenido por esos seres espirituales que se encuentran ocupados y preocupados por su proceso evolutivo.
En este nuevo mundo o planos, siempre apoyado por otros espíritus más evolucionados que él, repasa su vida, analiza sus errores y sus aciertos, ve, oye y se comunica a través del pensamiento y del sentimiento en forma directa, trata de intuir y apoyar a aquellos seres que dejó en la materia, porque el amor y el afecto conquistado son vínculos que no se interrumpen o destruyen con la separación física. A este mundo espiritual podríamos definirlo como imponderable porque no es mensurable por lo humano o material y en él, el espíritu deberá aprender a desplazarse sin el peso del cuerpo o la atracción de la ley de gravedad.
A pesar de todo esto, el dolor ante la muerte de un ser querido es inevitable, porque implica una separación transitoria y el dejar de experimentar la sensación física de su presencia y ello, naturalmente, deja un hueco que lleva un tiempo poder recomponer. Conocer y saber más sobre este proceso común en la vida de todo ser humano puede ayudar a encarar el tema desde otra óptica, más amplía y evolucionista de la vida más allá de la muerte.
La muerte es un tema eludido, soslayado, negado por nuestra sociedad moderna, que ha hecho un culto de la juventud. Olvidamos que es una parte de la existencia, como el nacer y que también en esa etapa final puede haber crecimiento y desarrollo. No es una enfermedad ni una prisión de la que debemos escapar. Los que han tenido la fortuna de que la muerte les avisara su llegada por anticipado, tuvieron una posibilidad más de llegar a ser, en esos postreros momentos, plenamente humanos.
El conocimiento espiritual comparte con otros saberes y doctrinas, la seguridad de que el espíritu es inmortal y que guarda en sí todos los sentimientos cultivados en la vida material, porque estos no conocen de fronteras y límites terrenos.
Sin dudas, nos sentiremos más tranquilos y serenos al saber que cuando el espíritu recobre sus fuerzas en el mundo espiritual, podrá asistirnos mediante la intuición, la fortificación a nuestras luchas, acompañando nuestros pensamientos y sentimientos, siempre que nos predispongamos en la reflexión serena a recibir su ayuda. Podremos percibirlos entonces, de otra manera, y la calma y la conformidad que vayamos logrando a medida que transcurra el tiempo nos ayudará y ayudará también al ser que dejó el plano material a conseguir la suya.
La fe en Dios y en la misericordia de sus leyes que nos guían y protegen, aunque no siempre podamos razonarlas, nos darán más serenidad y entrega para saber que la muerte es sólo el comienzo de otra vida más plena, donde nos reencontraremos, en algún momento, con quienes luchamos, vivimos y amamos, para seguir aprendiendo y progresando.
La certeza de la supervivencia del espíritu luego de la muerte del cuerpo físico, constituye una realidad trascendente al aportar conocimientos sobre la inmortalidad del alma y lleva serenidad y confianza en los procesos de la evolución. Así lo expresa, la primera de las máximas de LAS TRES GRANDES VERDADES DEL MASÓN: "El Alma del hombre es inmortal y su porvenir es el destino de algo cuyo crecimiento y esplendor, no tiene limites".
Significando lo anterior, que para el Masón, la MUERTE, como fin material de todos los Seres, en el plano de existencia material–terrenal, da origen al NACIMIENTO de una NUEVA VIDA; es decir, de una Esencia Espiritual que JAMÁS DESAPARECE, y además es susceptible de continuar progresando, de conformidad con el nivel de los planos en cuyo medio se desarrolla.
La palabra muerte, debe ser entendida en su sentido más general, como un cambio de estado, cualquiera que sea, es a la vez una muerte y un nacimiento, según que se considere por un lado o por el otro: muerte en relación al estado antecedente, nacimiento en relación al estado consecuente. En la iniciación masónica, que es una muerte iniciatica, se describe como un segundo nacimiento, lo que es en efecto; pero este segundo nacimiento, implica necesariamente la muerte al mundo profano. Esta muerte simbólica, es como una suerte de recapitulación de los estados antecedentes, por la que las posibilidades que se refieren al estado profano serán definitivamente agotadas, a fin de que el ser pueda desarrollar desde entonces libremente las posibilidades de orden superior que lleva en él, y cuya realización pertenece propiamente al dominio iniciático. Muerte y nacimiento, permite el paso del orden profano al orden iniciático.
Esto puede ser entendido como una regeneración psíquica; y es en efecto en el orden psíquico, es decir, en el orden donde se sitúan las modalidades sutiles del estado humano, donde deben efectuarse las primeras fases del desarrollo iniciático; pero éstas no constituyen una meta en sí mismas, y no son todavía más que preparatorias en relación a la realización de posibilidades de un orden más elevado, queremos decir, del orden espiritual en el verdadero sentido de esta palabra.
El neófito muere a la vida profana para renacer a una nueva existencia, santificada, renace igualmente a un nuevo ser que hace posible el conocimiento, la conciencia y la sabiduría. El iniciado no es solamente un recién nacido: es un hombre que sabe, que conoce los misterios, que ha tenido revelaciones de orden metafísico. Muere a viejos rencores, odios y otros vicios, adaptándose a los cambios, renunciando al ego. Al igual que en la muerte física, se entregan a la gracia de lo superior, constantemente, para renacer.
Dejan lo viejo sin dolor y toman lo nuevo con naturalidad. Viven en el reino de la razón y la actividad mental. Tienen capacidad de conectarse con energías ancestrales para esclarecer situaciones. Son serviciales, muy responsables y exigentes consigo mismos, con gran capacidad de perdón, de olvido, de transformación y auto sacrificio, poseen una gran sensibilidad, seguridad consciente y conciencia de comunidad.
La muerte simbólica, atiende el llamado, a la entrega, y al de dejar ir las cosas. La entrega es lo opuesto al abandono, es liberarse del deseo de querer controlar las cosas, y dejar ir tus ideas y esquemas del pasado que limitan las posibilidades. La entrega es liberarse de las ataduras de la acción preconcebida para que puedas vivir una vida más inspirada, sin creencias limitadoras. La muerte simbólica revela el ser, el verdadero ser, al podar las partes innecesarias. Busca nuevas maneras de ser, nuevas ideas y nuevas direcciones que ocupen el vacío que has creado con tu entrega y liberación. Siente el bálsamo de perdonar que es intrínseco con el reino de la muerte. Deja ir las cosas, y en acto de dejarlas ir, el universo te renueva con nueva Vida.

martes, 11 de julio de 2017

De vuelta a casa






De vuelta a casa

Cuando doblé la esquina y no vi la clásica bicicleta de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, recostada en el poste en frente a su taller pensé que no estaba con suerte aquel día. Los horarios improbables e inusitados de funcionamiento de la zapatería ya eran leyenda en la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Yo estaba triste. Desde siempre, la relación con mi madre había sido complicada, como si amor y dolor alternasen en el palco de la vida, generando memorias que interferían en los días por vivir. Tuvimos otra discusión y yo quería reunirme con el buen artesano. Necesitaba hablar para recordar lo que ya sabía y oír para aprender lo que todavía no sabía. Era hora de almuerzo y decidí ir a un agradable restaurante cerca de allí. Como si la casualidad existiera, cuando entré me deparé con el zapatero sentado en la mesa con una mujer más joven que él. Yo no la conocía. Cuando me aproximé percibí que ellos estaban tomados de las manos y tenían el rostro mojado con lágrimas. Retrocedí pero él me vio, sonrió de manera sincera y me llamó. Me regaló un fuerte abrazo y me presentó a la joven. Era su hija menor. Ella había salido muy temprano de casa. Después de muchas peleas con el padre abandonó la universidad sin la debida conclusión y permaneció años sin dar noticias. Yo conocía la historia y sabía que Lorenzo la había buscado durante mucho tiempo sin éxito. Ella acababa de volver. La alegría por el reencuentro transbordaba en ambos.
Fuimos presentados y la joven fue muy amable. Habían terminado de almorzar, ella le pidió la llave de la casa al padre; necesitaba un baño y algún descanso. Feliz, se despidió. Lorenzo me pidió que me sentara para comer. Ordenó otra copa de vino tinto para acompañarme. A solas, el artesano me contó que la hija había regresado después de constantes decepciones y frustraciones por las cuales había pasado; venía en busca de apoyo y auxilio. Le comenté que era una excelente oportunidad para tener una seria conversación y para que fuera riguroso, ya que sólo lo había buscado porque el mundo había sido hostil con ella. Él sonrió levemente y dijo: “No, Yoskhaz. La vida ya le aplicó las lecciones más duras, es mi oportunidad para hacer la diferencia, para dar la otra mejilla. Ella necesita comprensión y cariño, además de mucho amor”.
Bebió un sorbo de vino y agregó: “Todos, por la incomprensión de sí mismo, parten rumbo a un país distante para encontrarse hasta entender que aquello que buscan está en casa; entonces tarde o temprano regresan”. Lo interrumpí para decirle que no había entendido esta última parte. Él explicó: “Es un viaje que todos hacen, sin excepción. Algunos sienten la necesidad de viajar con el cuerpo; no obstante, todos lo realizan en espíritu, dentro de sí”. Insistí diciendo que no comprendía. El zapatero fue didáctico: “La insatisfacción y la angustia se fundamentan en la fragmentación del ser. Dividido entre los deseos del ego y las necesidades del alma, el ser alimenta dudas que dependiendo de cuánto ya se conoce, de cómo lidia consigo mismo y con las propias emociones, del refinamiento de las percepciones y, en consecuencia, con la situación presente, podrá generar factores de paralización, fuga o evolución. El hecho desagradable puede generar una inseguridad capaz de llevarlo al completo estancamiento dejándose dominar por el miedo; a una fuga ante la dificultad para equilibrar los instintos primarios con los deseos más nobles; o a usar el momento para entender mejor la búsqueda por la esencia que lo ilumina, en la jornada para la superación de las dificultades que lo limitan en ese momento”.
“Todos traemos herencias sociales, culturales y ancestrales que componen los archivos tanto del ego como del alma. El ego está ligado a los placeres inmediatos y sensoriales, a los instintos impulsados por las sombras, a los aplausos, a la seguridad de la vida por el control de la voluntad ajena, a la dominación, a la posesión, al brillo social. El alma es la parte del ser preocupada con el desarrollo de las virtudes, los sentimientos fraternos, la evolución, el encanto de la vida por la libertad de los otros y de sí propio, el desapego, la Luz personal. A cada elección separamos aún más las partes o las aproximamos, en un proceso de armonización y posterior plenitud”.
“En diferentes niveles, todos perciben esa división interna. Entre mayor el abismo, más dolorosa es la herida. Unos prefieren ignorar la fragmentación y le conceden total poder a las propias sombras. Son los que desean dominar a los otros, las situaciones que los cercan o viven en función de acumular bienes materiales; miedo, egoísmo, vanidad y ganancia son las sombras que dominan a esos individuos; suelen estar rodeados de personas con iguales intereses simulando afecto y, aunque nieguen o intenten disfrazar las apariencias, son profundamente infelices y amargados. Presta atención, ellos aparentan poseer gran fuerza externa, se sostienen en el orgullo de la ilusión de creerse mejores, en la arrogancia de sentirse poderosos, pero en el fondo son frágiles y desean auxilio para salir del sótano oscuro en que se encuentran. Nunca admiten sus errores, permanecen estancados, el ego viajó a un país distante, lejos de casa y no admite volver. El alma es la verdadera casa del ego, que insiste en negarla, en la búsqueda por la felicidad en un lugar distante, fuera de sí mismo. En ese momento, ellos se hacen esclavos de las propias sombras”.
“Otros, un poco más conscientes, optan por sofocar los instintos primarios y los recuerdos traumáticos en verdadera guerra contra sí mismos, con la ilusión de esconder las sombras, ante el riesgo de permitir su aparecimiento furtivo y la pérdida inesperada de control. A menudo las sombras se manifiestan como explosiones nerviosas o decisiones inaceptables de personas aparentemente calmadas y sensatas. ‘No creo que fulano haya hecho eso, él siempre parecía tan equilibrado’, es la frase que solemos oír en esos casos. Aprisionar las sombras es una guerra sombría que acabará llevando al individuo al descontrol, a accesos repentinos de furia o a seguir hacia el otro lado, igualmente negativo, de la depresión, del desánimo o del pánico. Intuyen que necesitan regresar a casa, pero todavía no saben cómo. El ego está perdido en el bosque de las sombras. Desesperados, intentan huir de sí mismo. Quedan aprisionados con las sombras como carceleras”.
Algunos, no obstante, pueden verse en el espejo con sinceridad; están dispuestos a profundizar en el autoconocimiento. Aceptan la existencia de sus sombras y las abrazan con amor. A cada consejo oriundo del ego, el alma lo convida a conversar con cariño a fin de mostrarle que siempre existen diferentes posibilidades, como si fuese un niño que necesita ser educado con amor para volverse un adulto mejor. Cualquier memoria desagradable que traiga culpa o trauma, ya que nunca será olvidada, no debe ser castigada o repelida cuando se presenta. Al contrario, es una excelente oportunidad para ser tratada con sabiduría, compasión, humildad, equilibrio, perdón y, principalmente, amor, en trabajo incansable de mostrar que cada uno actúa según la exacta medida de su capacidad de mente y corazón, en aquel momento del proceso evolutivo. Tanto tú como el otro. Al entender que el error es permitido a todos en la escuela de la perfección, dejamos de envolvernos en la tristeza, que tanto corroe, o debatirnos por la culpa, que tanto paraliza, para asumir la responsabilidad de hacer diferente y mejor de allí en adelante. Así iniciamos el trayecto de regreso a casa. En el ejercicio de armonizar el ego y el alma para que se hagan uno, siempre teniendo las virtudes como guía, la Luz acaba disipando definitivamente las sombras; esto integra el ser y lo libera”.
“Cuando el ego está desorientado parte a un país distante con el deseo de encontrar la miel de la vida. Las experiencias vividas, sumadas a la ampliación de la consciencia y a la capacidad amorosa, lo hacen percibir que la búsqueda de los bienes valiosos e imperecederos tienen como destino el otro lado de sí mismo, el alma. Entonces, ese día, regresa a casa y sucede el gran reencuentro”.
“Este grado de equilibrio se llama madurez y se refleja en la mejoría de todas nuestras relaciones. Es la sedimentación de la virtud de la armonía en el ser y la posibilidad de vivir en paz.” Añadió que su hija estaba comenzando a experimentar esta última enseñanza y concluyó: “El movimiento interno siempre se refleja en la actitud exteriorizada”.
Argüí que era muy fácil arrepentirse después de ‘estrellarse contra el mundo’. Lorenzo levantó las cejas e hizo una pregunta retórica: “¿No es así con todos?”, en seguida prosiguió el raciocinio: “Como en la parábola del hijo pródigo, abandonamos la casa en busca de lo mejor que la vida tiene para ofrecer, ilusionados con riquezas y placeres. Las tempestades nos obligan a buscar un puerto seguro. El regreso a casa marca la sedimentación de la humildad en el ser: sólo tendrá espacio para crecer aquel que se admite pequeño y se coloca a disposición de las lecciones. Al entender que la conquista del tesoro es el desarrollo de las propias virtudes, el andariego admite el rumbo equivocado, da media vuelta y armoniza el ego con el alma. Esta virtud, la humildad, permite iniciar el Camino y será indispensable para atravesar el primer portal”. Volviendo a referirse a la hija, dijo: “Tratarla de manera severa es hacer lo mismo que el mundo ha hecho. Ella ya aprendió estas lecciones. Recibirla con amor es hacer diferente y mejor. Es entregarle lo que necesita”.
Terminó el vino y pidió permiso para retirarse. Deseaba estar al lado de la hija. Me dio un abrazo y lo vi salir del lugar, estaba radiante de alegría. Pedí una torta de chocolate como postre y percibí cómo todo aquello se aplicaba a la relación con mi madre. Aún sin conversar sobre ello con el zapatero, él me había proveído de todas las respuestas que yo necesitaba. Ya habíamos sido muy rigurosos uno con el otro; muchos cobros y exigencias, ninguna paciencia y poco respeto para aceptar las diferencias y los límites del otro. Era hora de invertir aquel juego y permitirme hacer diferente para que yo pudiese descubrir lo mejor de los dos. Corrí a la estación y compré un pasaje en el próximo tren. Almorzaría con mi madre el domingo. Yo estaba, de varias maneras, volviendo a casa.

martes, 20 de junio de 2017

7 Cosas que Deben Mantenerse en secreto

Sabiduría Oriental: 7 Cosas que deben mantenerse en secreto 

 

El investigador de culturas orientales Vyacheslav Ruzov en uno de sus artículos se refirió a la experiencia de los sabios de la India. Él razonó sobre lo que es el misterio y de lo que en realidad no hay que difundir en público.

1. Lo primero que no es necesario difundir son tus planes para el futuro. Evita hablar de ellos hasta que estos no se cumplan. Ninguna de nuestras ocurrencias son ideales, es más, tienen una gran cantidad de debilidades, por lo cual es muy fácil golpearlas y destruirlas todas.

 2. En segundo lugar, no debes compartir el misterio de tu caridad. Un buen acto es algo extraordinario en este mundo, y justo por eso debes guardarlo como tu tesoro más valioso. No te alabes por tus buenas obras. Este tipo de actitud puede conducir rápidamente a la arrogancia, y esta no es la mejor característica que puedes tener. ¿De acuerdo?

 3. En tercer lugar, no hay que demostrarle a todo el mundo tu austeridad. No comentes de un lado a otro tus limitaciones en tu alimentación, sueño, relaciones sexuales, etc. La austeridad física trae beneficios, solo si está en armonía con tu parte emocional.




 4. En cuarto lugar, es necesario callar sobre tu valentía y heroísmo. Todos nosotros nos enfrentamos a diferentes tipos de pruebas cada día. Unos reciben pruebas externas y otros internas. Las pruebas externas se ven, y por ser vistas, la gente recibe recompensas, pero nadie se da cuenta de la superación de las pruebas internas, por eso por ellas no se recibe ninguna recompensa.

 5. En quinto lugar, no vale la pena divulgar tu conocimiento espiritual. Es solamente tuyo y no hay por qué compartirlo con nadie. Revélalo a otros solo en caso de que sea realmente necesario, no solo para ti, sino también para los demás.
 6. En sexto lugar, y en especial, lo que no debes compartir con otros son tus conflictos de hogar y vida familiar. Recuerda, mientras menos hables de los problemas de tu familia, más fuerte y estable será. Las discusiones son para deshacerte de la energía negativa que se ha acumulado en el proceso de diálogo. Mientras más hables de tus problemas más creerás en ellos.

 7. En séptimo lugar, de lo que no vale la pena hablar es de palabras feas que escuchaste de alguien durante tu jornada. Te puedes manchar las botas en la calle, como también puedes manchar tu conciencia. La persona que al llegar a casa cuenta todo lo tonto que ha escuchado por la calle, no se diferencia de la persona que llega a casa y no se quita los zapatos.

domingo, 18 de junio de 2017

El Mundo es el Espejo de Tu Alma.



La angustia me dominaba cuando entré en la biblioteca del monasterio en busca de alguna lectura que aliviase la aflicción de mi alma. Sentado en una cómoda poltrona, con un libro sobre el canto, el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, miraba hacia las montañas a través de una de las ventanas, cuando sentí su atención desviada hacia mí. Al percibir en mi semblante el desorden interno que imperaba, levantó las cejas en forma de pregunta para saber qué había sucedido. Reclamé del desdén de las personas en el trato personal, de cómo eran insensibles, materialistas e individualistas. Relaté varias situaciones para ejemplificar la razón de mi sentimiento. Mencioné cómo ese comportamiento provocaba tragedias innecesarias. Yo me sentía abandonado y desubicado. Definitivamente, concluí que la humanidad estaba perdida y que el mundo no era un buen lugar para vivir. El monje sonrió, como si se divirtiera con un niño que reclama porque no recibió un dulce, se levantó y guardó el libro en la estantería apropiada y fue hasta otro escaparate en busca de un título diferente. Buscó algo en las páginas por breves instantes, lo guardó en el bolsillo de la túnica, me agarró del brazo, me condujo hacia afuera de la biblioteca y dijo: “Vamos a conversar en el refectorio, necesito una taza de café”. Algunos minutos después, ante  dos tazas humeantes, el Viejo inició la conversación: “Si tú estás bien contigo estarás bien con el mundo. La visión que cada cual tiene sobre sí mismo será el lente con el cual verá la vida. Esto definirá la claridad, los colores y la extensión del universo que es el mismo para todos, pero diferente para cada uno de nosotros. El mundo, feo o bonito, será siempre el espejo de tu alma”.
Discordé vehementemente. El mundo era injusto; algunos con mucho, otros sin nada; unos enfermos, otros rebosando de salud. Y lo peor, nadie parecía preocupado con nadie. Mi discurso fue subiendo de tono hasta rayar en la revuelta. Él me oyó con enorme paciencia y al final mencionó un pasaje célebre contenido en el Sermón de la Montaña: “Cuando tu ojo es bueno todo el universo es luz”. En seguida concluyó: “El mundo es perfecto”. Cuestioné si aquello era una broma o si él estaba loco. El Viejo sonrió antes de explicar: “La vida en este planeta es una universidad exigente, formadora de excelentes maestros. El mundo es la salón de clases y le presentará a cada aprendiz las debidas lecciones para el exacto perfeccionamiento y la debida evolución. Tu mayor dificultad es tu mejor profesor. Quien está en el Camino agradece por cada problema ofrecido, pues percibe la oportunidad de superación y el fortalecimiento del propio ser. Los lamentos sólo se manifiestan en los labios de los malos alumnos”.
Tomó el libro que traía en el bolsillo. Eran los Poemas Místicos de Rumi, el sabio derviche. Hojeó las páginas, escogió una y la leyó:

“Sal del círculo del tiempo
y entra en la esfera del amor.

Si deseas la visión secreta,
cierra tus ojos.
Si deseas un abrazo,
abre tu pecho.

Si ansias por un rostro con vida,
rompe tu semblante de piedra.
¿Por qué insistes en matar la vida
justo donde debe nacer?
Prueba la dulzura en tu boca,
de donde brota la flor, la abeja y la miel.

Acepta esta dádiva:
Ofrece una única vida, la tuya.
Y recibirás a cambio, sin nada pedir, más de mil”.

Permanecimos un buen tiempo sin pronunciar palabra. Era necesario dejar que la poesía se asentara en la mente y en el corazón. El Viejo rompió el silencio: “¿Le has ofrecido al mundo el tratamiento que deseas para ti? ¿Actúas según el mundo ideal de tus sueños?”
Bajé la mirada y respondí negativamente. La voz del monje revelaba gentileza: “No te averguences. Todos sabemos más de lo que hacemos. El conocimiento es la parte inicial de la transformación. El paso siguiente es ejercitar el nuevo concepto para que quede entrañado en el ser, integrándolo a tus elecciones y actitudes hasta que sea imposible vivir sin aplicar ese saber. Así avanzamos”. Bebió un sorbo de café y prosiguió: “Cada cual es responsable por su propia felicidad, pues es una construcción interna de entendimiento y perfeccionamiento. Introspección, silencio y quietud. En este aspecto el Camino es solitario. Sin embargo ésto no basta; aprender y transformarse es vital para compartir con todos la belleza de lo que traemos en nuestro equipaje sagrado. Ofrecer lo mejor de  nosotros es fundamental para que podamos avanzar. Es hora de romper el cascarón del ‘yo’ para vivir en el ámbito del ‘nosotros’. Movimiento, palabras y abrazos. Es el momento de ser solidarios en el Camino”.
Con la mirada distante, el buen monje divagó en metáforas: “Somos hijos del universo, las leyes que rigen las estrellas se aplican a nosotros. Una galaxia se funde en otra para expandirse. Una estrella mezcla en sí las energías cósmicas que la envuelven para transmutarlas en luz, aumentando de magnitud a medida que se intensifica ese intercambio. No obstante, también existen los agujeros negros, que todo aboserven sin ofrecer nada, hasta que sucumben en sí mismos. Con nosotros no es diferente; el mundo está repleto de variadas corrientes energéticas y tonos diferentes. El amor es la más poderosa de ellas. A cada elección definimos las energías que integrarán nuestro ser, aumentando o perdiendo poder personal; intensificando o apagando la propia luz”. Hizo una pequeña pausa para explicar: “La Luz es una flor compuesta de muchos pétalos. Cada pétalo es una virtud, partes indispensables que aprendemos a sembrar en lo más íntimo para que puedan germinar en infinitas flores”. Bebió un sorbo más de café y dijo: “No te olvides del amor, la materia prima de todas las transformaciones. Es el  núcleo de la flor que sustenta los pétalos, es el néctar que alimenta y anima, al mismo tiempo que se vuelve fruto cuando cambia la estación”.
“Al permitir que tu corazón se funda en millares de otros tú, multiplicas la fuerza del amor en el universo. Este poder también será tuyo. Esta es la magia del Camino”.
Lamenté que las personas no colaboraran y que casi nunca entendieran o devolvieran con la misma intensidad el amor ofrecido. El Viejo hizo un gesto con las manos como para denotar una bobada y enseguida explicó: “Las personas sufren porque insisten en tratar el amor como mercancía  que se negocia basada en el trueque. El mundo no es un mostrador de sentimientos y sí un bellísimo jardín inacabado donde cada cual debe  comportarse como aquel jardinero que se deleita con las flores que plantó, sus colores y perfumes, con la sonrisa y alegría de alguien que las vio, en la pura intención de a penas embellecer la vida”.
“En la verdad y en la esencia, solamente poseemos aquello que entregamos. Si no lo entregamos es porque aún no lo tenemos. Sólo el ejercicio del amor enseña eso”.
“El ser despierto, en la búsqueda por expansión de consciencia y ampliación de la capacidad amorosa, sabe que toda palabra, pensamiento, sentimiento o actitud es un ceremonial mágico; un ritual de transformación al absorber energías afines que envuelven cada movimiento, concediendo peso o ligereza en cada paso, definiendo el propio destino y las próximas lecciones, siempre al compás de las leyes universales que orientan la evolución de todos, haciendo con que cada cual sea heredero de sí mismo en el momento siguiente”.
Dije que tenía la sensación de que el mundo me oprimía. Quería saber qué hacer. El monje fue didáctico: “Si el mundo te es desagradable es el momento de entender lo que necesita ser transformado en ti. La compatibilidad que cada uno tiene con la vida está directamente ligada a la armonía que trae en sí. Cuando sabemos quién somos, entendemos el mundo. La percepción sincera del ‘yo’ permite la comprensión verdadera del ‘nosotros’ y todo alrededor. Entre más me conozco y reconozco mis dificultades y asperezas, mayor es la paciencia y la comprensión ante el comportamiento ajeno.  Esto se vuelve un importante puente en el cual las virtudes personales podrán transitar instaurando el equilibrio que no sólo proporcionará la verdadera paz, sino que fortalecerá las bases de la felicidad: ofrecer al mundo el exacto tratamiento que deseamos tener sin exigir absolutamente nada a cambio”.
Comenté, de modo inmaduro, que a veces tenía ganas de cavar un agujero en la tierra para no ver tantas iniquidades que suceden en el planeta. El monje levantó las cejas, como hacía cuando aumentaba la seriedad de la conversación y dijo: “Si es para enterrarte que sea para ser semilla y renacer. Entonces, en la primavera te vuelves flor  para colorear el mundo y en el otoño te transmutas en dulce fruto para alimentar a la humanidad”.
Mi discurso se refería al la idea de desperdiciar la oportunidad de frecuentar una excelente escuela; me sentí avergonzado. El Viejo al percibirlo no permitió que me sintiera así. Me miró con la generosidad de un abuelo y dijo: “El mundo es tan sólo el exacto reflejo del universo que cada cual trae en sí. Es posible cambiar en cualquier momento. Feo o bonito; oscuro o brillante; pequeño o infinito, todo se resume en una elección; basta una visión diferente”. Terminó la taza de café antes de concluir: “¿Entiendes que en la medida de tus transformaciones personales todo a tu alrededor evoluciona y transciende? ¿Por qué insistes en arrastrarte como oruga si tienes alas de mariposa?”.
No había palabra en mí que pudiese expresar mi gratitud por aquella conversación. Cerré los ojos y le agradecí en silencio. Tuve la extraña sensación de que el Viejo flotaba en el aire.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Mi amiga la Muerte, Bailado con la Nostalgia


La imagen puede contener: una o varias personas


Conocí a Lorenzo, el sabio zapatero, hace muchos y muchos años, en una funeraria. Yo acababa de ingresar a la Orden y fui designado para acompañar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, al velorio de un gran amigo suyo que había partido. Nos dieron un aventón y durante el viaje por la sinuosa carretera que baja en sentido a la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña, el monje fue silbando una alegre canción. Parecía feliz. Se me hizo extraño, pero guardé silencio. En el velorio, la capilla parecía pequeña ante tanta gente; la viuda estaba inclinada sobre el cajón, en lágrimas y desconsolada. Lamentaba profundamente su pérdida. A quien iba a darle el pésame le preguntaba cómo haría para entrar en casa y no encontrar más al fallecido allí. Decía que no tendría fuerzas para desocupar el armario o dormir en el cuarto matrimonial. Algunos le daban coraje, otros le aconsejaban que tuviera fe. El ambiente me pareció apropiadamente dramático para un entierro y me relajé. El Viejo, con una sonrisa constante en el rostro, hablaba con todos de manera discreta y descontraída. Era el único que me parecía que estaba a gusto ahí. Me acomodé en un rincón para observar cuando llegó el hermano del difunto. Era Lorenzo, el elegante zapatero, amante de los libros y de los vinos. Su rostro era parecido al de un actor italiano y tenía el porte de un bailarín español. En aquella época su cabello todavía era gris, vestía un pantalón caqui de fina confección y una bonita camisa inmaculadamente blanca, contrastando con los colores oscuros del ambiente. Así como el Viejo, estaba sonriendo y me pareció que estaba feliz. Saludó a todos con discreción, sin alterar la bella sonrisa que le coloreaba el rostro, lo que generó muchas miradas de repudio. Al dirigirse a la viuda, ella rechazó su abrazo. Sin sentirse ofendido, el zapatero sacó una pequeña harmónica del bolsillo del pantalón y pidió educadamente permiso para tocar una canción. En sencillo homenaje, tocaría la canción que más le gustaba oír a su hermano. Una vieja canción irlandesa, de ritmo alegre, cuyos versos hablaban de la belleza de vivir. En cólera, la viuda lo acusó de estar festejando la muerte del marido en actitud de total irrespeto, tanto por los colores claros de la ropa así como por su manera jovial. Oí algunos breves comentarios apoyando a la mujer.
Lorenzo escuchó todo sin pronunciar palabra. Cuando ella se calló él dijo: “Amo a mi hermano. Desde siempre fuimos los mejores amigos. Lo que tu ves como el final de una historia, yo lo veo como el inicio de un largo viaje hacia tierras distantes, donde él podrá vivir días mucho mejores y recoger perfumadas flores, pues en esta existencia cosechó amor por donde pasó. Esta capilla es tan sólo la plataforma de la estación. Respeto, mas no veo motivo de tristeza. Quiero conmemorar el bello hombre que fue, el gran espíritu en el que se transformó, celebrar mi nostalgia con alegría y darle un ‘hasta luego’”. Lorenzo fue interrumpido por los gritos de censura de la viuda y se formó una pequeña confusión. El Viejo rápidamente pasó el brazo sobre los hombros del zapatero, me hizo una señal con la cabeza y salimos de allí.
Fuimos a una taberna no muy distante. Lorenzo pidió el vino predilecto del hermano y brindamos. Es decir, ellos brindaron pues yo me rehusé. Entre asustado y contrariado, condené la postura del monje y del zapatero. Les dije que no habían sido considerados y ni habían mostrado respeto hacia la viuda ni hacia el muerto. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa, me miró como si fuera un niño y le preguntó al artesano: “¿Tu le explicas”? El zapatero asintió con la cabeza, apuntó su dedo hacia mí y dijo: “Tu vas a morir”.
Aquella afirmación me provocó malestar y ante lo extraño de toda aquella situación, nada respondí. A Lorenzo no le importó y prosiguió: “Tu expresión facial es la de alguien que acaba de ser maldecido”. Mi silencio corroboraba lo que sentía en aquel momento, aunque fuera consciente de lo obvio de aquella afirmación. Sí, yo iba a morir, sólo no sabía cuándo ni cómo. No obstante me incomodaba pensar en este asunto. Él continuó: “¿Por qué relacionarse tan mal con la única seguridad que tienes en la vida? ¿Ya que la muerte es algo seguro en la vida de todos, por qué motivo la tememos en vez de convertirla en una poderosa aliada? La manera como iluminamos nuestros miedos definen los sufrimientos y las alegrías del Camino”.
Argumenté que la muerte era el fin de la existencia. El zapatero asintió con la cabeza y dijo: “Sí, pero no significa el fin de la vida que continua en viaje fantástico e infinito rumbo a la Luz. La muerte marca el fin de un ciclo e, invariablemente, el inicio de otro. La muerte es apenas el fin del cuerpo físico, ropaje provisional que abriga al espíritu, quien realmente eres, el cual es eterno. Nacemos y morimos muchas veces en repetidos ciclos de lecciones y evolución, hasta que ese proceso de aprendizaje ya no es necesario y migramos definitivamente hacia tierras donde reinan niveles de sabiduría y amor más amplios, los cuales ya estaremos en condiciones de habitar. No hay duda de que ya recorrimos esferas más densas y seguimos hacia otras más sutiles. El fin de una historia siempre será el inicio de otra”.
Comenté que, independiente de eso, deberíamos respetar el padecimiento de aquellos que sufren con la pérdida de un ente querido. Lorenzo abrió los brazos como quien dice que yo no estaba entendiendo nada y dijo: “¿Pérdida? ¿Qué pérdida? ¿Hasta cuándo insistiremos en esa visión trágica cuando en realidad no existe ningún drama? El cuerpo, como todo en este planeta, tiene plazo de validad, un tiempo finito para que podamos cerrar un ciclo de la jornada, evaluar los logros morales alcanzados, la expansión de la consciencia, la ampliación de la capacidad de amar y las batallas que vencimos ante las sombras que nos habitan. A partir de esos puntos podemos trazar nuevos vuelos o rehacer lo que, por ventura, fallamos. Volveremos cuantas veces sea necesario, como muestra de infinita paciencia y amor de aquellos que nos enseñan y de la enorme sabiduría de las Leyes No Escritas, hasta que estemos preparados. Así caminamos”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Nunca habrá pérdida, tan sólo transformación”.
Discursé sobre la nostalgia que deja la muerte de alguien, como un puñal que hiere profunda y dolorosamente. El zapatero meneó la cabeza, rió y dijo: “Nostalgia, incomprendida nostalgia”. Permaneció en silencio durante breves instantes, como si recordara algo y prosiguió: “La nostalgia es un privilegio de los que aman. Sólo los que aman sienten nostalgia; sólo lo que fue bueno se extraña, y por esto la nostalgia debe ser conmemorada con mucha alegría”. Observó mi reacción por instantes y continuó: “No tiene sentido recordar con tristeza a quien sólo te trajo felicidad y amor. Entender el viaje es aceptar con alegría las partidas y las nuevas llegadas. Negar la lección es llamar para sí el dolor y el sufrimiento; es no percibir las bendiciones de la nostalgia”.
¿Bendiciones de la nostalgia? ¿La nostalgia es una cosa buena? Manifesté que no entendía. Él fue claro: “La nostalgia es maravillosa, pues es la memoria de los mejores momentos de la vida de cada uno de nosotros. La nostalgia escribe las mejores páginas del libro de tu vida. Sólo siente nostalgia quien amó y fue feliz. La alternativa para la nostalgia es la oscuridad del vacío de quien no conoció el amor, se escondió de la vida o no consiguió iluminar el corazón”. Levantó la copa y brindó con el Viejo: “La nostalgia es un regalo para quien amó demasiado. ¡A la salud de todas mis nostalgias!” El monje retribuyó: “Bien aventurados los que sienten nostalgia, pues conocen el amor y la felicidad”.
Argumenté que entendía perfectamente el sufrimiento de la viuda al no tener más a su lado al compañero de tantos años. Los ojos del buen zapatero se humedecieron y preguntó con algo de emoción: “¿Conoces el origen de la palabra compañero?” Respondí que no. La respuesta vino en seguida: “Significa aquellos que ‘comen del mismo pan’”. Se detuvo durante unos segundos y prosiguió: “Amo profundamente a mi hermano. Fuimos y somos grandes compañeros, pues el cambio de esferas no corta los lazos imperecederos del amor. Sólo tenemos que aprender a tener paciencia hasta el momento del próximo reencuentro. La Ley de la Afinidad es inexorable y nos unirá infinitas veces”.
“Mi hermano enfrentó durante años un carcinoma y sus metástasis agresivas. Los dolores físicos y la incomodidad de la quimioterapia fueron enormes. Él enfrentó todo con bastante dignidad y coraje, sin cualquier lamento. Un poco antes de partir, me confesó que la enfermedad le había traído valiosas lecciones pues entendió algunos valores cuya importancia aún desconocía. Me dijo con una sonrisa sincera en el rostro que la enfermedad refinó su percepción sobre todas las cosas. Él siempre fue un hombre alegre, sin embargo, no recuerdo haberlo visto tan feliz como en aquel día. Su comprensión sobre las Leyes se hizo enorme y esto transformó todo y cualquier sufrimiento en polvo de estrellas. De esta manera, la muerte le fue generosa y como un acto de amor le curó los dolores corporales y liberó el espíritu para volar más allá de la densa materia y vivir otras historias”.
Le pregunté cómo sería en caso de que la muerte fuera súbita por accidente o infarto fulminante, por ejemplo, sin tiempo para despedidas. El artesano respondió: “Nada sería diferente, fuera de la sorpresa de la visita repentina. Hacer de la muerte una aliada es entender que todo y cualquier día es bueno para morir. Aceptar que la muerte es una herramienta de la Inteligencia Cósmica en nuestro proceso de evolución es sentir todo el amor que rebosa en el Universo. La muerte tiene dos significados, uno: habrá llegado la hora de nuevos aprendizajes o, dos: es el momento para urgentes ajustes de ruta. Percibir que ‘todo lo que sucede en nuestras vidas es para nuestro bien’, aleja el drama y amplía la consciencia en el sentido de absorver la correspondiente lección”. Me miró profundamente y dijo: “Por más extraño que pueda parecer, el sufrimiento por la muerte de alguien no revela amor. Al contrario, tan sólo demuestra un profundo egoísmo. Al final, el verdadero amor es un sentimiento generoso y comprensivo, capaz de entender que el momento y las necesidades del otro son diferentes de las tuyas. El amor puro es un acto de profunda sabiduría. Apenas sentimientos mesquinos desean aprisionar a alguien a nuestro lado a cualquier costo, ante cualquier dolor. Vivir exige ligereza, la felicidad clama por desapego y el amor necesita libertad”.
Dije que todo aquel discurso era bonito y sensato, sin embargo los condicionamientos culturales me ataban a antiguos conceptos en el pensar y el actuar. De esa vez fue el Viejo quien habló: “Sí, Yoskhaz. Liberarse de las viejas formas es transmutar sombra en luz, es abandonar la cárcel sin rejas de la consciencia prisionera. Es necesario ir más allá de la realidad estática, pues la sabiduría es dinámica. Si la oruga negara el capullo porque no cree en la metamorfosis, no conocería el poder de sus propias alas”. Me miró con bondad, arqueó los labios en una sonrisa leve y con dulzura finalizó: “La muerte es una aliada importante en nuestro proceso de cura espiritual pues trae en sí dos de las poderosas Leyes No Escritas: La Ley de la Renovación y la Ley de las Infinitas Oportunidades. Así, la muerte es un instrumento del más puro amor dentro de la Gran Sinfonía del Universo y la nostalgia una de sus más bellas sinfonías. ¡Aprovecha y danza con ella!”.
Lorenzo se valió de la oportunidad, sacó la harmónica del bolsillo y tocó la alegre canción celta de la cual su hermano tanto gustaba. Poco a poco, las personas que estaban en la taberna comenzaron a acompañar la cántiga con las palmas. “Estoy seguro de que en este momento, mi hermano canta con nosotros. Él me amaba y, por tanto, está feliz al verme feliz”, comentó Lorenzo. El Viejo meneó la cabeza concordando. Pedí una copa de vino y brindé a la salud, el amor y la vida sin fin.

sábado, 20 de mayo de 2017

La ley de Renovación

LA LEY DE LA RENOVACIÓN
La imagen puede contener: una o varias personas, exterior y naturaleza
“Es necesario, de vez en cuando, desocupar las gavetas del corazón” me dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio. Él me había invitado a dar un paseo por los alrededores del bosque al percibir mi inquietud e irritabilidad con los demás monjes y discípulos de la Orden. Una nueva situación familiar había removido recuerdos desagradables que alteraron mi mi paz personal y mi humor en el trato con los demás. Me quejé bastante por la manera en que algunas personas me habían maltratado en el pasado. Él me miró con su enorme compasión y dijo: “El resentimiento crea un verdadero grillete energético que te mantiene atado al ofensor, en una terrible prisión sin rejas que llena de basura tu armario sagrado, el corazón. La rabia envenena las aguas que abastecen la fuente de la vida, el amor”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Es imposible ser feliz sin perdonar”.
Argumenté que ya había perdonado pero me negaba a olvidar para no permitir que me maltrataran de nuevo. El Viejo se rió con ganas cuando dije esto, lo que me produjo más irritación todavía. Después me miró como si se dirigiera a un niño y me instigó: “Tú no conoces el perdón”. Le dije que estaba equivocado, pues yo no le deseaba ningún mal a aquellos que me ofendieron y con ello, ya había decretado el perdón. El Viejo balanceó la cabeza negando y dijo: “No, Yoskhaz. No desear el mal es el primer escalón hasta el perdón; después limpiamos los compartimientos del alma hasta olvidar la ofensa; finalmente, deseamos el bien al agresor. Este es el camino hasta el perdón”.
Reí con sarcasmo y le dije que él colocaba las cosas en niveles utópicos o dificilísimos. La voz del monje tuvo un tono misericordioso en su respuesta: “No dije que fuera fácil. Manifesté lo que es necesario. Amar apenas a quienes nos aman, hasta los embrutecidos también lo hacen. Es necesario más”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Atravesar el Camino no es para los débiles; limar las asperezas del ser no es para los acomodados; conocerse a sí mismo es para los sabios; realizar las transformaciones necesarias para la indispensable cura del alma no es para los consentidos; iluminar las propias sombras es batalla destinada sólo a los grandes guerreros; conocer verdaderamente el amor está destinado tan sólo a los fuertes”. Hizo una larga pausa, su mirada distante parecía recordar algo, finalmente dijo: “Ser fuerte es una decisión que tomamos todos los días y está a disposición de todos y de cualquiera”.
Vociferé diciendo que él no sabía de lo que hablaba pues yo no solamente había sido agredido, sino también humillado. El Viejo abrió los brazos como diciendo que yo no sabía de que hablaba. Después me explicó con paciencia: “Ser humillado es un permiso que le concedes indebidamente al agresor por el simple hecho de no dominar todavía la virtud de la humildad en todo su infinito poder. Sólo el orgulloso puede ser humillado; sólo el arrogante es humillado; tan sólo el vanidoso puede ser alcanzado por ese mal. El antídoto para tal veneno es la humildad. Ser humilde es aceptar ser el menor de todos para percibir las propias dificultades y, con ello, entender la oscuridad del mundo y, consecuentemente, la del agresor. La violencia, física o verbal, es el perfecto retrato de las sombras que dominan el corazón del atacante. En verdad, la visión perfecta muestra al violento humillándose ante el Universo como pedido velado de ayuda. La ofensa es la máscara de los desesperados, de los perdidos en las sombras de la existencia. Toda persona agresiva es profundamente infeliz. La agonía es tan grande que es necesario desbordarla. Él cree que puede transferir su tristeza, sin percibir que la oscuridad no tiene el poder de apagar la luz”.
“La violencia es el lenguaje incomprendido de los que sufren”.
“Entonces, es hora de ofrecer la otra cara en digna interpretación y ejercicio de las palabras del Maestro, mirando al ofensor con el prisma de la compasión, pues es apenas un sufridor que, en el fondo, no entiende lo que le pasa. Sólo así, aceptándonos como pequeños nos tornamos grandes, inmunizando el virus de la humillación. No en vano, la humildad es el primer portal del Camino que impide que nada o nadie te hurte la preciosa paz”.
“Permitir que la ofensa te alcance, lastime y humille es aceptar la invitación para danzar en el baile de los horrores que dominan el alma del agresor. Encáralo con una mirada compasiva y percibe que sus palabras y actos tan sólo reflejan el desequilibrio que lo hace ser violento e injusto contigo. ¿Ya pensaste cuánto dolor corroe el corazón de la persona que necesita de la violencia en sus relaciones? ¿O cuán sombría es la mente de los violentos? ¿Cuántas tormentas lleva la nave existencial de ese individuo a sucesivos naufragios en las tempestades del dolor? Ellos están ahogados en los mares de la ignorancia, del miedo y de las propias tinieblas clamando, de extraña manera, por los salvavidas de la gentileza y por el socorro de la misericordia, la belleza de la comprensión, la grandeza de la bondad y el bálsamo de la paciencia. La violencia es incompatible con la felicidad. Elegir una visión más sofisticada hace la diferencia entre los andariegos del Camino y aquellos que aún vagan perdidos en los senderos de la vida”.
“Entre las leyes que componen el Código No Escrito, que regula la jornada de todos por el Universo, existe la Ley del Amor, de los Ciclos, de la Acción y la Reacción, de la Afinidad, de la Evolución, de las Infinitas Posibilidades, entre otras. Allí encontramos también la Ley de la Renovación. Para iniciar un nuevo ciclo, todavía en esta existencia, el andariego tiene que preparar su equipaje. No olvides que la ligereza es indispensable para atravesar el Camino. De esta manera, hay que dejar atrás todo aquello que no nos sirve más, que se hace innecesario o que pesa demasiado. Acumulación material excesiva, basura emocional, tristezas, preconceptos, condicionamientos sociales y culturales, ideas obsoletas, actitudes anticuadas, reacciones automatizadas, es decir, todas las viejas formas, deben ser transmutadas. Por tanto, recuerda abrir todas las gavetas del corazón e iluminar tus rincones más profundos en busca de las sombras escondidas que insisten en engañarte con las absurdas ventajas del revanchismo o de la ilusión de protección. Es indispensable barrer de Luz todo y cualquier resquicio de resentimiento, el polvo del odio y las manchas de la rabia”.
“La renovación es el paso anterior a la transformación que impulsa la evolución; es amor y sabiduría en perfecta comunión; es la alquimia de transformar plomo en oro dentro de sí; es la metamorfosis para abrir las alas que te llevarán más allá de las fronteras del dolor y del sufrimiento”.
Todavía inconforme, cuestioné sobre aquellos que me hirieron daño, diciendo que no podrían quedar impunes, como si no me hubieran hecho ningún mal. Los ojos del Viejo estaban llorosos. Tal vez por entender mi dolor, tal vez por conocer el alma humana o por ambas cosas. Me dijo con bondad: “No te preocupes por las lecciones que caben a los otros. A cada cual las enseñanzas que le son pertinentes, en el tiempo oportuno, con la dulzura o el rigor adecuado según el empeño del alumno. A ti te corresponde aplicar las propias lecciones y ofrecer lo mejor de tí a cada día por donde pasas. Cada día un poco más según la expansión de la consciencia. Nadie, absolutamente nadie, estará fuera del alcance de las Leyes No Escritas. El Universo no prescindirá de ningún alma, sin privilegios u olvidos, pues todas tienen igual importancia. Recuerda las dificultades y problemas que enfrentaste en el pasado y cómo ayudaron en tu transformación a evolucionar a través de sus valiosas lecciones. Agradece por todos los dolores y alegrías”.
Argumenté que podría haber, al menos, un pedido de disculpas por parte del agresor. Sería más fácil perdonar. El Viejo arqueó los labios sonriendo y dijo: “Sin duda que sería más fácil, por esto el perdón gana aún más fuerza y poder cuando es un acto unilateral. El perdón es la farmacia para el sufrimiento y tu no necesitas esperar el permiso del otro para curarte. Nadie puede depender de nadie para ser feliz, para seguir su jornada, para volar. La capacidad de perdonar define la exacta grandeza de un alma. Perdonamos independientemente de lo que los otros piensen. Perdonamos para liberarnos a nosotros mismo y a los demás”.
Le dije que tenía razón y que de alguna manera mi alma ya clamaba por esa renovación. El dolor pesa, el resentimiento cansa. Entonces lloré con mucho sentimiento. El Viejo aguardó pacientemente a que las lágrimas lavaran mi alma. Después en catarsis, hablé de las situaciones del pasado que me incomodaban, exorcizándolas de mi corazón. Le comenté acerca de la agradable sensación de limpiar el alma, de cerar la cuenta para continuar ligero. El Viejo me previno: “Viste la puerta, falta atravesarla. Esas emociones densas estaban al comando y tu retomaste el poder que les habías concedido. Ahora tendrás que transmutarlas, mediante un incesante trabajo de refinamiento en el pensar y sentir, para que ellas, siempre al acecho, no vuelvan. Por tanto, necesitas ejercitar la magia de la renovación, todos los días, para siempre”. Balanceé la cabeza concordando y le dije que me sentía bien al no necesitar cargar más en la espalda la pesada mochila del sufrimiento. Ahora yo percibía la razón de su completa inutilidad. Dije que le entregaría a la Inteligencia Cósmica la aplicación de la debida justicia. Él me explicó: “Despréndete de cualquier sentimiento de venganza o no te habrás liberado de verdad. No habrá cualquier situación mínima de revancha. Justicia no es punición, es tan sólo la lección para que todos puedan aprender, transformarse, compartir y seguir. Este es el proceso evolutivo. Si algunos necesitan de lecciones más severas para aprender es apenas porque el Universo no desistirá de ninguno de nosotros, cualquiera que sea el nivel evolutivo. Esto es puro amor”.