martes, 20 de junio de 2017

7 Cosas que Deben Mantenerse en secreto

Sabiduría Oriental: 7 Cosas que deben mantenerse en secreto 

 

El investigador de culturas orientales Vyacheslav Ruzov en uno de sus artículos se refirió a la experiencia de los sabios de la India. Él razonó sobre lo que es el misterio y de lo que en realidad no hay que difundir en público.

1. Lo primero que no es necesario difundir son tus planes para el futuro. Evita hablar de ellos hasta que estos no se cumplan. Ninguna de nuestras ocurrencias son ideales, es más, tienen una gran cantidad de debilidades, por lo cual es muy fácil golpearlas y destruirlas todas.

 2. En segundo lugar, no debes compartir el misterio de tu caridad. Un buen acto es algo extraordinario en este mundo, y justo por eso debes guardarlo como tu tesoro más valioso. No te alabes por tus buenas obras. Este tipo de actitud puede conducir rápidamente a la arrogancia, y esta no es la mejor característica que puedes tener. ¿De acuerdo?

 3. En tercer lugar, no hay que demostrarle a todo el mundo tu austeridad. No comentes de un lado a otro tus limitaciones en tu alimentación, sueño, relaciones sexuales, etc. La austeridad física trae beneficios, solo si está en armonía con tu parte emocional.




 4. En cuarto lugar, es necesario callar sobre tu valentía y heroísmo. Todos nosotros nos enfrentamos a diferentes tipos de pruebas cada día. Unos reciben pruebas externas y otros internas. Las pruebas externas se ven, y por ser vistas, la gente recibe recompensas, pero nadie se da cuenta de la superación de las pruebas internas, por eso por ellas no se recibe ninguna recompensa.

 5. En quinto lugar, no vale la pena divulgar tu conocimiento espiritual. Es solamente tuyo y no hay por qué compartirlo con nadie. Revélalo a otros solo en caso de que sea realmente necesario, no solo para ti, sino también para los demás.
 6. En sexto lugar, y en especial, lo que no debes compartir con otros son tus conflictos de hogar y vida familiar. Recuerda, mientras menos hables de los problemas de tu familia, más fuerte y estable será. Las discusiones son para deshacerte de la energía negativa que se ha acumulado en el proceso de diálogo. Mientras más hables de tus problemas más creerás en ellos.

 7. En séptimo lugar, de lo que no vale la pena hablar es de palabras feas que escuchaste de alguien durante tu jornada. Te puedes manchar las botas en la calle, como también puedes manchar tu conciencia. La persona que al llegar a casa cuenta todo lo tonto que ha escuchado por la calle, no se diferencia de la persona que llega a casa y no se quita los zapatos.

domingo, 18 de junio de 2017

El Mundo es el Espejo de Tu Alma.



La angustia me dominaba cuando entré en la biblioteca del monasterio en busca de alguna lectura que aliviase la aflicción de mi alma. Sentado en una cómoda poltrona, con un libro sobre el canto, el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, miraba hacia las montañas a través de una de las ventanas, cuando sentí su atención desviada hacia mí. Al percibir en mi semblante el desorden interno que imperaba, levantó las cejas en forma de pregunta para saber qué había sucedido. Reclamé del desdén de las personas en el trato personal, de cómo eran insensibles, materialistas e individualistas. Relaté varias situaciones para ejemplificar la razón de mi sentimiento. Mencioné cómo ese comportamiento provocaba tragedias innecesarias. Yo me sentía abandonado y desubicado. Definitivamente, concluí que la humanidad estaba perdida y que el mundo no era un buen lugar para vivir. El monje sonrió, como si se divirtiera con un niño que reclama porque no recibió un dulce, se levantó y guardó el libro en la estantería apropiada y fue hasta otro escaparate en busca de un título diferente. Buscó algo en las páginas por breves instantes, lo guardó en el bolsillo de la túnica, me agarró del brazo, me condujo hacia afuera de la biblioteca y dijo: “Vamos a conversar en el refectorio, necesito una taza de café”. Algunos minutos después, ante  dos tazas humeantes, el Viejo inició la conversación: “Si tú estás bien contigo estarás bien con el mundo. La visión que cada cual tiene sobre sí mismo será el lente con el cual verá la vida. Esto definirá la claridad, los colores y la extensión del universo que es el mismo para todos, pero diferente para cada uno de nosotros. El mundo, feo o bonito, será siempre el espejo de tu alma”.
Discordé vehementemente. El mundo era injusto; algunos con mucho, otros sin nada; unos enfermos, otros rebosando de salud. Y lo peor, nadie parecía preocupado con nadie. Mi discurso fue subiendo de tono hasta rayar en la revuelta. Él me oyó con enorme paciencia y al final mencionó un pasaje célebre contenido en el Sermón de la Montaña: “Cuando tu ojo es bueno todo el universo es luz”. En seguida concluyó: “El mundo es perfecto”. Cuestioné si aquello era una broma o si él estaba loco. El Viejo sonrió antes de explicar: “La vida en este planeta es una universidad exigente, formadora de excelentes maestros. El mundo es la salón de clases y le presentará a cada aprendiz las debidas lecciones para el exacto perfeccionamiento y la debida evolución. Tu mayor dificultad es tu mejor profesor. Quien está en el Camino agradece por cada problema ofrecido, pues percibe la oportunidad de superación y el fortalecimiento del propio ser. Los lamentos sólo se manifiestan en los labios de los malos alumnos”.
Tomó el libro que traía en el bolsillo. Eran los Poemas Místicos de Rumi, el sabio derviche. Hojeó las páginas, escogió una y la leyó:

“Sal del círculo del tiempo
y entra en la esfera del amor.

Si deseas la visión secreta,
cierra tus ojos.
Si deseas un abrazo,
abre tu pecho.

Si ansias por un rostro con vida,
rompe tu semblante de piedra.
¿Por qué insistes en matar la vida
justo donde debe nacer?
Prueba la dulzura en tu boca,
de donde brota la flor, la abeja y la miel.

Acepta esta dádiva:
Ofrece una única vida, la tuya.
Y recibirás a cambio, sin nada pedir, más de mil”.

Permanecimos un buen tiempo sin pronunciar palabra. Era necesario dejar que la poesía se asentara en la mente y en el corazón. El Viejo rompió el silencio: “¿Le has ofrecido al mundo el tratamiento que deseas para ti? ¿Actúas según el mundo ideal de tus sueños?”
Bajé la mirada y respondí negativamente. La voz del monje revelaba gentileza: “No te averguences. Todos sabemos más de lo que hacemos. El conocimiento es la parte inicial de la transformación. El paso siguiente es ejercitar el nuevo concepto para que quede entrañado en el ser, integrándolo a tus elecciones y actitudes hasta que sea imposible vivir sin aplicar ese saber. Así avanzamos”. Bebió un sorbo de café y prosiguió: “Cada cual es responsable por su propia felicidad, pues es una construcción interna de entendimiento y perfeccionamiento. Introspección, silencio y quietud. En este aspecto el Camino es solitario. Sin embargo ésto no basta; aprender y transformarse es vital para compartir con todos la belleza de lo que traemos en nuestro equipaje sagrado. Ofrecer lo mejor de  nosotros es fundamental para que podamos avanzar. Es hora de romper el cascarón del ‘yo’ para vivir en el ámbito del ‘nosotros’. Movimiento, palabras y abrazos. Es el momento de ser solidarios en el Camino”.
Con la mirada distante, el buen monje divagó en metáforas: “Somos hijos del universo, las leyes que rigen las estrellas se aplican a nosotros. Una galaxia se funde en otra para expandirse. Una estrella mezcla en sí las energías cósmicas que la envuelven para transmutarlas en luz, aumentando de magnitud a medida que se intensifica ese intercambio. No obstante, también existen los agujeros negros, que todo aboserven sin ofrecer nada, hasta que sucumben en sí mismos. Con nosotros no es diferente; el mundo está repleto de variadas corrientes energéticas y tonos diferentes. El amor es la más poderosa de ellas. A cada elección definimos las energías que integrarán nuestro ser, aumentando o perdiendo poder personal; intensificando o apagando la propia luz”. Hizo una pequeña pausa para explicar: “La Luz es una flor compuesta de muchos pétalos. Cada pétalo es una virtud, partes indispensables que aprendemos a sembrar en lo más íntimo para que puedan germinar en infinitas flores”. Bebió un sorbo más de café y dijo: “No te olvides del amor, la materia prima de todas las transformaciones. Es el  núcleo de la flor que sustenta los pétalos, es el néctar que alimenta y anima, al mismo tiempo que se vuelve fruto cuando cambia la estación”.
“Al permitir que tu corazón se funda en millares de otros tú, multiplicas la fuerza del amor en el universo. Este poder también será tuyo. Esta es la magia del Camino”.
Lamenté que las personas no colaboraran y que casi nunca entendieran o devolvieran con la misma intensidad el amor ofrecido. El Viejo hizo un gesto con las manos como para denotar una bobada y enseguida explicó: “Las personas sufren porque insisten en tratar el amor como mercancía  que se negocia basada en el trueque. El mundo no es un mostrador de sentimientos y sí un bellísimo jardín inacabado donde cada cual debe  comportarse como aquel jardinero que se deleita con las flores que plantó, sus colores y perfumes, con la sonrisa y alegría de alguien que las vio, en la pura intención de a penas embellecer la vida”.
“En la verdad y en la esencia, solamente poseemos aquello que entregamos. Si no lo entregamos es porque aún no lo tenemos. Sólo el ejercicio del amor enseña eso”.
“El ser despierto, en la búsqueda por expansión de consciencia y ampliación de la capacidad amorosa, sabe que toda palabra, pensamiento, sentimiento o actitud es un ceremonial mágico; un ritual de transformación al absorber energías afines que envuelven cada movimiento, concediendo peso o ligereza en cada paso, definiendo el propio destino y las próximas lecciones, siempre al compás de las leyes universales que orientan la evolución de todos, haciendo con que cada cual sea heredero de sí mismo en el momento siguiente”.
Dije que tenía la sensación de que el mundo me oprimía. Quería saber qué hacer. El monje fue didáctico: “Si el mundo te es desagradable es el momento de entender lo que necesita ser transformado en ti. La compatibilidad que cada uno tiene con la vida está directamente ligada a la armonía que trae en sí. Cuando sabemos quién somos, entendemos el mundo. La percepción sincera del ‘yo’ permite la comprensión verdadera del ‘nosotros’ y todo alrededor. Entre más me conozco y reconozco mis dificultades y asperezas, mayor es la paciencia y la comprensión ante el comportamiento ajeno.  Esto se vuelve un importante puente en el cual las virtudes personales podrán transitar instaurando el equilibrio que no sólo proporcionará la verdadera paz, sino que fortalecerá las bases de la felicidad: ofrecer al mundo el exacto tratamiento que deseamos tener sin exigir absolutamente nada a cambio”.
Comenté, de modo inmaduro, que a veces tenía ganas de cavar un agujero en la tierra para no ver tantas iniquidades que suceden en el planeta. El monje levantó las cejas, como hacía cuando aumentaba la seriedad de la conversación y dijo: “Si es para enterrarte que sea para ser semilla y renacer. Entonces, en la primavera te vuelves flor  para colorear el mundo y en el otoño te transmutas en dulce fruto para alimentar a la humanidad”.
Mi discurso se refería al la idea de desperdiciar la oportunidad de frecuentar una excelente escuela; me sentí avergonzado. El Viejo al percibirlo no permitió que me sintiera así. Me miró con la generosidad de un abuelo y dijo: “El mundo es tan sólo el exacto reflejo del universo que cada cual trae en sí. Es posible cambiar en cualquier momento. Feo o bonito; oscuro o brillante; pequeño o infinito, todo se resume en una elección; basta una visión diferente”. Terminó la taza de café antes de concluir: “¿Entiendes que en la medida de tus transformaciones personales todo a tu alrededor evoluciona y transciende? ¿Por qué insistes en arrastrarte como oruga si tienes alas de mariposa?”.
No había palabra en mí que pudiese expresar mi gratitud por aquella conversación. Cerré los ojos y le agradecí en silencio. Tuve la extraña sensación de que el Viejo flotaba en el aire.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Mi amiga la Muerte, Bailado con la Nostalgia


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Conocí a Lorenzo, el sabio zapatero, hace muchos y muchos años, en una funeraria. Yo acababa de ingresar a la Orden y fui designado para acompañar al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio, al velorio de un gran amigo suyo que había partido. Nos dieron un aventón y durante el viaje por la sinuosa carretera que baja en sentido a la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña, el monje fue silbando una alegre canción. Parecía feliz. Se me hizo extraño, pero guardé silencio. En el velorio, la capilla parecía pequeña ante tanta gente; la viuda estaba inclinada sobre el cajón, en lágrimas y desconsolada. Lamentaba profundamente su pérdida. A quien iba a darle el pésame le preguntaba cómo haría para entrar en casa y no encontrar más al fallecido allí. Decía que no tendría fuerzas para desocupar el armario o dormir en el cuarto matrimonial. Algunos le daban coraje, otros le aconsejaban que tuviera fe. El ambiente me pareció apropiadamente dramático para un entierro y me relajé. El Viejo, con una sonrisa constante en el rostro, hablaba con todos de manera discreta y descontraída. Era el único que me parecía que estaba a gusto ahí. Me acomodé en un rincón para observar cuando llegó el hermano del difunto. Era Lorenzo, el elegante zapatero, amante de los libros y de los vinos. Su rostro era parecido al de un actor italiano y tenía el porte de un bailarín español. En aquella época su cabello todavía era gris, vestía un pantalón caqui de fina confección y una bonita camisa inmaculadamente blanca, contrastando con los colores oscuros del ambiente. Así como el Viejo, estaba sonriendo y me pareció que estaba feliz. Saludó a todos con discreción, sin alterar la bella sonrisa que le coloreaba el rostro, lo que generó muchas miradas de repudio. Al dirigirse a la viuda, ella rechazó su abrazo. Sin sentirse ofendido, el zapatero sacó una pequeña harmónica del bolsillo del pantalón y pidió educadamente permiso para tocar una canción. En sencillo homenaje, tocaría la canción que más le gustaba oír a su hermano. Una vieja canción irlandesa, de ritmo alegre, cuyos versos hablaban de la belleza de vivir. En cólera, la viuda lo acusó de estar festejando la muerte del marido en actitud de total irrespeto, tanto por los colores claros de la ropa así como por su manera jovial. Oí algunos breves comentarios apoyando a la mujer.
Lorenzo escuchó todo sin pronunciar palabra. Cuando ella se calló él dijo: “Amo a mi hermano. Desde siempre fuimos los mejores amigos. Lo que tu ves como el final de una historia, yo lo veo como el inicio de un largo viaje hacia tierras distantes, donde él podrá vivir días mucho mejores y recoger perfumadas flores, pues en esta existencia cosechó amor por donde pasó. Esta capilla es tan sólo la plataforma de la estación. Respeto, mas no veo motivo de tristeza. Quiero conmemorar el bello hombre que fue, el gran espíritu en el que se transformó, celebrar mi nostalgia con alegría y darle un ‘hasta luego’”. Lorenzo fue interrumpido por los gritos de censura de la viuda y se formó una pequeña confusión. El Viejo rápidamente pasó el brazo sobre los hombros del zapatero, me hizo una señal con la cabeza y salimos de allí.
Fuimos a una taberna no muy distante. Lorenzo pidió el vino predilecto del hermano y brindamos. Es decir, ellos brindaron pues yo me rehusé. Entre asustado y contrariado, condené la postura del monje y del zapatero. Les dije que no habían sido considerados y ni habían mostrado respeto hacia la viuda ni hacia el muerto. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa, me miró como si fuera un niño y le preguntó al artesano: “¿Tu le explicas”? El zapatero asintió con la cabeza, apuntó su dedo hacia mí y dijo: “Tu vas a morir”.
Aquella afirmación me provocó malestar y ante lo extraño de toda aquella situación, nada respondí. A Lorenzo no le importó y prosiguió: “Tu expresión facial es la de alguien que acaba de ser maldecido”. Mi silencio corroboraba lo que sentía en aquel momento, aunque fuera consciente de lo obvio de aquella afirmación. Sí, yo iba a morir, sólo no sabía cuándo ni cómo. No obstante me incomodaba pensar en este asunto. Él continuó: “¿Por qué relacionarse tan mal con la única seguridad que tienes en la vida? ¿Ya que la muerte es algo seguro en la vida de todos, por qué motivo la tememos en vez de convertirla en una poderosa aliada? La manera como iluminamos nuestros miedos definen los sufrimientos y las alegrías del Camino”.
Argumenté que la muerte era el fin de la existencia. El zapatero asintió con la cabeza y dijo: “Sí, pero no significa el fin de la vida que continua en viaje fantástico e infinito rumbo a la Luz. La muerte marca el fin de un ciclo e, invariablemente, el inicio de otro. La muerte es apenas el fin del cuerpo físico, ropaje provisional que abriga al espíritu, quien realmente eres, el cual es eterno. Nacemos y morimos muchas veces en repetidos ciclos de lecciones y evolución, hasta que ese proceso de aprendizaje ya no es necesario y migramos definitivamente hacia tierras donde reinan niveles de sabiduría y amor más amplios, los cuales ya estaremos en condiciones de habitar. No hay duda de que ya recorrimos esferas más densas y seguimos hacia otras más sutiles. El fin de una historia siempre será el inicio de otra”.
Comenté que, independiente de eso, deberíamos respetar el padecimiento de aquellos que sufren con la pérdida de un ente querido. Lorenzo abrió los brazos como quien dice que yo no estaba entendiendo nada y dijo: “¿Pérdida? ¿Qué pérdida? ¿Hasta cuándo insistiremos en esa visión trágica cuando en realidad no existe ningún drama? El cuerpo, como todo en este planeta, tiene plazo de validad, un tiempo finito para que podamos cerrar un ciclo de la jornada, evaluar los logros morales alcanzados, la expansión de la consciencia, la ampliación de la capacidad de amar y las batallas que vencimos ante las sombras que nos habitan. A partir de esos puntos podemos trazar nuevos vuelos o rehacer lo que, por ventura, fallamos. Volveremos cuantas veces sea necesario, como muestra de infinita paciencia y amor de aquellos que nos enseñan y de la enorme sabiduría de las Leyes No Escritas, hasta que estemos preparados. Así caminamos”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Nunca habrá pérdida, tan sólo transformación”.
Discursé sobre la nostalgia que deja la muerte de alguien, como un puñal que hiere profunda y dolorosamente. El zapatero meneó la cabeza, rió y dijo: “Nostalgia, incomprendida nostalgia”. Permaneció en silencio durante breves instantes, como si recordara algo y prosiguió: “La nostalgia es un privilegio de los que aman. Sólo los que aman sienten nostalgia; sólo lo que fue bueno se extraña, y por esto la nostalgia debe ser conmemorada con mucha alegría”. Observó mi reacción por instantes y continuó: “No tiene sentido recordar con tristeza a quien sólo te trajo felicidad y amor. Entender el viaje es aceptar con alegría las partidas y las nuevas llegadas. Negar la lección es llamar para sí el dolor y el sufrimiento; es no percibir las bendiciones de la nostalgia”.
¿Bendiciones de la nostalgia? ¿La nostalgia es una cosa buena? Manifesté que no entendía. Él fue claro: “La nostalgia es maravillosa, pues es la memoria de los mejores momentos de la vida de cada uno de nosotros. La nostalgia escribe las mejores páginas del libro de tu vida. Sólo siente nostalgia quien amó y fue feliz. La alternativa para la nostalgia es la oscuridad del vacío de quien no conoció el amor, se escondió de la vida o no consiguió iluminar el corazón”. Levantó la copa y brindó con el Viejo: “La nostalgia es un regalo para quien amó demasiado. ¡A la salud de todas mis nostalgias!” El monje retribuyó: “Bien aventurados los que sienten nostalgia, pues conocen el amor y la felicidad”.
Argumenté que entendía perfectamente el sufrimiento de la viuda al no tener más a su lado al compañero de tantos años. Los ojos del buen zapatero se humedecieron y preguntó con algo de emoción: “¿Conoces el origen de la palabra compañero?” Respondí que no. La respuesta vino en seguida: “Significa aquellos que ‘comen del mismo pan’”. Se detuvo durante unos segundos y prosiguió: “Amo profundamente a mi hermano. Fuimos y somos grandes compañeros, pues el cambio de esferas no corta los lazos imperecederos del amor. Sólo tenemos que aprender a tener paciencia hasta el momento del próximo reencuentro. La Ley de la Afinidad es inexorable y nos unirá infinitas veces”.
“Mi hermano enfrentó durante años un carcinoma y sus metástasis agresivas. Los dolores físicos y la incomodidad de la quimioterapia fueron enormes. Él enfrentó todo con bastante dignidad y coraje, sin cualquier lamento. Un poco antes de partir, me confesó que la enfermedad le había traído valiosas lecciones pues entendió algunos valores cuya importancia aún desconocía. Me dijo con una sonrisa sincera en el rostro que la enfermedad refinó su percepción sobre todas las cosas. Él siempre fue un hombre alegre, sin embargo, no recuerdo haberlo visto tan feliz como en aquel día. Su comprensión sobre las Leyes se hizo enorme y esto transformó todo y cualquier sufrimiento en polvo de estrellas. De esta manera, la muerte le fue generosa y como un acto de amor le curó los dolores corporales y liberó el espíritu para volar más allá de la densa materia y vivir otras historias”.
Le pregunté cómo sería en caso de que la muerte fuera súbita por accidente o infarto fulminante, por ejemplo, sin tiempo para despedidas. El artesano respondió: “Nada sería diferente, fuera de la sorpresa de la visita repentina. Hacer de la muerte una aliada es entender que todo y cualquier día es bueno para morir. Aceptar que la muerte es una herramienta de la Inteligencia Cósmica en nuestro proceso de evolución es sentir todo el amor que rebosa en el Universo. La muerte tiene dos significados, uno: habrá llegado la hora de nuevos aprendizajes o, dos: es el momento para urgentes ajustes de ruta. Percibir que ‘todo lo que sucede en nuestras vidas es para nuestro bien’, aleja el drama y amplía la consciencia en el sentido de absorver la correspondiente lección”. Me miró profundamente y dijo: “Por más extraño que pueda parecer, el sufrimiento por la muerte de alguien no revela amor. Al contrario, tan sólo demuestra un profundo egoísmo. Al final, el verdadero amor es un sentimiento generoso y comprensivo, capaz de entender que el momento y las necesidades del otro son diferentes de las tuyas. El amor puro es un acto de profunda sabiduría. Apenas sentimientos mesquinos desean aprisionar a alguien a nuestro lado a cualquier costo, ante cualquier dolor. Vivir exige ligereza, la felicidad clama por desapego y el amor necesita libertad”.
Dije que todo aquel discurso era bonito y sensato, sin embargo los condicionamientos culturales me ataban a antiguos conceptos en el pensar y el actuar. De esa vez fue el Viejo quien habló: “Sí, Yoskhaz. Liberarse de las viejas formas es transmutar sombra en luz, es abandonar la cárcel sin rejas de la consciencia prisionera. Es necesario ir más allá de la realidad estática, pues la sabiduría es dinámica. Si la oruga negara el capullo porque no cree en la metamorfosis, no conocería el poder de sus propias alas”. Me miró con bondad, arqueó los labios en una sonrisa leve y con dulzura finalizó: “La muerte es una aliada importante en nuestro proceso de cura espiritual pues trae en sí dos de las poderosas Leyes No Escritas: La Ley de la Renovación y la Ley de las Infinitas Oportunidades. Así, la muerte es un instrumento del más puro amor dentro de la Gran Sinfonía del Universo y la nostalgia una de sus más bellas sinfonías. ¡Aprovecha y danza con ella!”.
Lorenzo se valió de la oportunidad, sacó la harmónica del bolsillo y tocó la alegre canción celta de la cual su hermano tanto gustaba. Poco a poco, las personas que estaban en la taberna comenzaron a acompañar la cántiga con las palmas. “Estoy seguro de que en este momento, mi hermano canta con nosotros. Él me amaba y, por tanto, está feliz al verme feliz”, comentó Lorenzo. El Viejo meneó la cabeza concordando. Pedí una copa de vino y brindé a la salud, el amor y la vida sin fin.

sábado, 20 de mayo de 2017

La ley de Renovación

LA LEY DE LA RENOVACIÓN
La imagen puede contener: una o varias personas, exterior y naturaleza
“Es necesario, de vez en cuando, desocupar las gavetas del corazón” me dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo del monasterio. Él me había invitado a dar un paseo por los alrededores del bosque al percibir mi inquietud e irritabilidad con los demás monjes y discípulos de la Orden. Una nueva situación familiar había removido recuerdos desagradables que alteraron mi mi paz personal y mi humor en el trato con los demás. Me quejé bastante por la manera en que algunas personas me habían maltratado en el pasado. Él me miró con su enorme compasión y dijo: “El resentimiento crea un verdadero grillete energético que te mantiene atado al ofensor, en una terrible prisión sin rejas que llena de basura tu armario sagrado, el corazón. La rabia envenena las aguas que abastecen la fuente de la vida, el amor”. Hizo una pequeña pausa y concluyó: “Es imposible ser feliz sin perdonar”.
Argumenté que ya había perdonado pero me negaba a olvidar para no permitir que me maltrataran de nuevo. El Viejo se rió con ganas cuando dije esto, lo que me produjo más irritación todavía. Después me miró como si se dirigiera a un niño y me instigó: “Tú no conoces el perdón”. Le dije que estaba equivocado, pues yo no le deseaba ningún mal a aquellos que me ofendieron y con ello, ya había decretado el perdón. El Viejo balanceó la cabeza negando y dijo: “No, Yoskhaz. No desear el mal es el primer escalón hasta el perdón; después limpiamos los compartimientos del alma hasta olvidar la ofensa; finalmente, deseamos el bien al agresor. Este es el camino hasta el perdón”.
Reí con sarcasmo y le dije que él colocaba las cosas en niveles utópicos o dificilísimos. La voz del monje tuvo un tono misericordioso en su respuesta: “No dije que fuera fácil. Manifesté lo que es necesario. Amar apenas a quienes nos aman, hasta los embrutecidos también lo hacen. Es necesario más”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Atravesar el Camino no es para los débiles; limar las asperezas del ser no es para los acomodados; conocerse a sí mismo es para los sabios; realizar las transformaciones necesarias para la indispensable cura del alma no es para los consentidos; iluminar las propias sombras es batalla destinada sólo a los grandes guerreros; conocer verdaderamente el amor está destinado tan sólo a los fuertes”. Hizo una larga pausa, su mirada distante parecía recordar algo, finalmente dijo: “Ser fuerte es una decisión que tomamos todos los días y está a disposición de todos y de cualquiera”.
Vociferé diciendo que él no sabía de lo que hablaba pues yo no solamente había sido agredido, sino también humillado. El Viejo abrió los brazos como diciendo que yo no sabía de que hablaba. Después me explicó con paciencia: “Ser humillado es un permiso que le concedes indebidamente al agresor por el simple hecho de no dominar todavía la virtud de la humildad en todo su infinito poder. Sólo el orgulloso puede ser humillado; sólo el arrogante es humillado; tan sólo el vanidoso puede ser alcanzado por ese mal. El antídoto para tal veneno es la humildad. Ser humilde es aceptar ser el menor de todos para percibir las propias dificultades y, con ello, entender la oscuridad del mundo y, consecuentemente, la del agresor. La violencia, física o verbal, es el perfecto retrato de las sombras que dominan el corazón del atacante. En verdad, la visión perfecta muestra al violento humillándose ante el Universo como pedido velado de ayuda. La ofensa es la máscara de los desesperados, de los perdidos en las sombras de la existencia. Toda persona agresiva es profundamente infeliz. La agonía es tan grande que es necesario desbordarla. Él cree que puede transferir su tristeza, sin percibir que la oscuridad no tiene el poder de apagar la luz”.
“La violencia es el lenguaje incomprendido de los que sufren”.
“Entonces, es hora de ofrecer la otra cara en digna interpretación y ejercicio de las palabras del Maestro, mirando al ofensor con el prisma de la compasión, pues es apenas un sufridor que, en el fondo, no entiende lo que le pasa. Sólo así, aceptándonos como pequeños nos tornamos grandes, inmunizando el virus de la humillación. No en vano, la humildad es el primer portal del Camino que impide que nada o nadie te hurte la preciosa paz”.
“Permitir que la ofensa te alcance, lastime y humille es aceptar la invitación para danzar en el baile de los horrores que dominan el alma del agresor. Encáralo con una mirada compasiva y percibe que sus palabras y actos tan sólo reflejan el desequilibrio que lo hace ser violento e injusto contigo. ¿Ya pensaste cuánto dolor corroe el corazón de la persona que necesita de la violencia en sus relaciones? ¿O cuán sombría es la mente de los violentos? ¿Cuántas tormentas lleva la nave existencial de ese individuo a sucesivos naufragios en las tempestades del dolor? Ellos están ahogados en los mares de la ignorancia, del miedo y de las propias tinieblas clamando, de extraña manera, por los salvavidas de la gentileza y por el socorro de la misericordia, la belleza de la comprensión, la grandeza de la bondad y el bálsamo de la paciencia. La violencia es incompatible con la felicidad. Elegir una visión más sofisticada hace la diferencia entre los andariegos del Camino y aquellos que aún vagan perdidos en los senderos de la vida”.
“Entre las leyes que componen el Código No Escrito, que regula la jornada de todos por el Universo, existe la Ley del Amor, de los Ciclos, de la Acción y la Reacción, de la Afinidad, de la Evolución, de las Infinitas Posibilidades, entre otras. Allí encontramos también la Ley de la Renovación. Para iniciar un nuevo ciclo, todavía en esta existencia, el andariego tiene que preparar su equipaje. No olvides que la ligereza es indispensable para atravesar el Camino. De esta manera, hay que dejar atrás todo aquello que no nos sirve más, que se hace innecesario o que pesa demasiado. Acumulación material excesiva, basura emocional, tristezas, preconceptos, condicionamientos sociales y culturales, ideas obsoletas, actitudes anticuadas, reacciones automatizadas, es decir, todas las viejas formas, deben ser transmutadas. Por tanto, recuerda abrir todas las gavetas del corazón e iluminar tus rincones más profundos en busca de las sombras escondidas que insisten en engañarte con las absurdas ventajas del revanchismo o de la ilusión de protección. Es indispensable barrer de Luz todo y cualquier resquicio de resentimiento, el polvo del odio y las manchas de la rabia”.
“La renovación es el paso anterior a la transformación que impulsa la evolución; es amor y sabiduría en perfecta comunión; es la alquimia de transformar plomo en oro dentro de sí; es la metamorfosis para abrir las alas que te llevarán más allá de las fronteras del dolor y del sufrimiento”.
Todavía inconforme, cuestioné sobre aquellos que me hirieron daño, diciendo que no podrían quedar impunes, como si no me hubieran hecho ningún mal. Los ojos del Viejo estaban llorosos. Tal vez por entender mi dolor, tal vez por conocer el alma humana o por ambas cosas. Me dijo con bondad: “No te preocupes por las lecciones que caben a los otros. A cada cual las enseñanzas que le son pertinentes, en el tiempo oportuno, con la dulzura o el rigor adecuado según el empeño del alumno. A ti te corresponde aplicar las propias lecciones y ofrecer lo mejor de tí a cada día por donde pasas. Cada día un poco más según la expansión de la consciencia. Nadie, absolutamente nadie, estará fuera del alcance de las Leyes No Escritas. El Universo no prescindirá de ningún alma, sin privilegios u olvidos, pues todas tienen igual importancia. Recuerda las dificultades y problemas que enfrentaste en el pasado y cómo ayudaron en tu transformación a evolucionar a través de sus valiosas lecciones. Agradece por todos los dolores y alegrías”.
Argumenté que podría haber, al menos, un pedido de disculpas por parte del agresor. Sería más fácil perdonar. El Viejo arqueó los labios sonriendo y dijo: “Sin duda que sería más fácil, por esto el perdón gana aún más fuerza y poder cuando es un acto unilateral. El perdón es la farmacia para el sufrimiento y tu no necesitas esperar el permiso del otro para curarte. Nadie puede depender de nadie para ser feliz, para seguir su jornada, para volar. La capacidad de perdonar define la exacta grandeza de un alma. Perdonamos independientemente de lo que los otros piensen. Perdonamos para liberarnos a nosotros mismo y a los demás”.
Le dije que tenía razón y que de alguna manera mi alma ya clamaba por esa renovación. El dolor pesa, el resentimiento cansa. Entonces lloré con mucho sentimiento. El Viejo aguardó pacientemente a que las lágrimas lavaran mi alma. Después en catarsis, hablé de las situaciones del pasado que me incomodaban, exorcizándolas de mi corazón. Le comenté acerca de la agradable sensación de limpiar el alma, de cerar la cuenta para continuar ligero. El Viejo me previno: “Viste la puerta, falta atravesarla. Esas emociones densas estaban al comando y tu retomaste el poder que les habías concedido. Ahora tendrás que transmutarlas, mediante un incesante trabajo de refinamiento en el pensar y sentir, para que ellas, siempre al acecho, no vuelvan. Por tanto, necesitas ejercitar la magia de la renovación, todos los días, para siempre”. Balanceé la cabeza concordando y le dije que me sentía bien al no necesitar cargar más en la espalda la pesada mochila del sufrimiento. Ahora yo percibía la razón de su completa inutilidad. Dije que le entregaría a la Inteligencia Cósmica la aplicación de la debida justicia. Él me explicó: “Despréndete de cualquier sentimiento de venganza o no te habrás liberado de verdad. No habrá cualquier situación mínima de revancha. Justicia no es punición, es tan sólo la lección para que todos puedan aprender, transformarse, compartir y seguir. Este es el proceso evolutivo. Si algunos necesitan de lecciones más severas para aprender es apenas porque el Universo no desistirá de ninguno de nosotros, cualquiera que sea el nivel evolutivo. Esto es puro amor”.

domingo, 7 de mayo de 2017

El escudo contra el mal...





El escudo contra el mal
“Solicitar ayuda a las fuerzas luminosas del Universo ante una dificultad de la cual no se tiene ningún control es loable, pues demuestra humildad”, le dijo el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a un hombre que fue al monasterio en busca de auxilio pues pasaba por una situación que lo afligía. En seguida advirtió: “No obstante, pedir auxilio para que hagan el trabajo que te corresponde tan sólo revela la falta de entendimiento de las Leyes y no sucederá. La vida no es dura para maltratar y sí para enseñar. No hay privilegios, apenas lecciones”.
Como una tempestad que llega sin anunciarse, la vida de este hombre de un momento a otro tomó un giro inesperado. Conflictos familiares sin sentido y complicaciones profesionales lo llevaron a serias dificultades financieras, como consecuencia inmediata y visible del infierno que vivía en suelo terreno. Con ojos llorosos confesó que estaba desorientado para continuar en la lucha. Los tres estábamos en el comedor y yo les servía café con pastel de maíz. El hombre muy culto y con óptima apariencia relató que hasta hace pocas semanas navegaba en aguas tranquilas por los mares de la vida. Una familia aparentemente bien estructurada, socio de una empresa que generaba lucros suficientes para sostener una condición material por encima del promedio, hasta que en algún momento todo cambió.
“La vida exige movimiento y te hace caminar por gusto o por imposición. La inercia y la comodidad son herramientas de las sombras que atrapan al viajero. Para quienes buscan incesantemente el perfeccionamiento del propio ser la vida ha de ser generosa, pues provee todas las condiciones necesarias para proseguir el viaje de manera serena”, explicó el Viejo. Hizo una pequeña pausa, bebió un sorbo de café y prosiguió: “A quienes se creen elegidos por los dioses, ajenos a todo y a todos, a quienes se imaginan ‘escogidos’, les llegará el desequilibrio sobre las situaciones que los sostienen. La Ley del Servicio es parte del Código No Escrito y nos obliga a trabajar y a progresar espiritualmente. Crisis emocionales, conflictos afectivos, desavenencias familiares, dificultades económicas o enfermedades, son algunos de los instrumentos de inestabilidad utilizados por el Universo para imponer nuevos momentos de adaptación ante la realidad alterada. Ahora la criatura caminará por necesidad”.
“El Camino es muy generoso al permitir escoger las rutas del viaje y a la vez muy justo al elaborar las dificultades inherentes al trayecto. El Maestro enseñó hace milenios que debemos atravesar la puerta estrecha de las virtudes. Sin embargo, muchos todavía eligen la vía ancha de las ventajas indebidas. Alimentan el ego en perjuicio del alma. ¿El resultado? Después de los placeres inmediatos y transitorios, se da vueltas en círculos por senderos cada vez más oscuros y pedregosos. La agonía y la tristeza se presentan como compañeras de viaje”. El hombre bastante sensibilizado confesó que, de hecho, no venía ofreciendo lo mejor de sí. Afligido, le preguntó al Viejo cómo podría cambiar su propia vida, pues no sabía qué dirección tomar. El monje arqueó los labios con una sonrisa repleta de compasión y le dijo: “¿Quieres un nuevo camino? Basta cambiar tu forma de caminar”. “Los problemas indican que es necesario hacer cambios; entiende lo que necesitas transformar en ti y dedícate a esto con sinceridad, sólo entonces llegará la ayuda de la esfera invisible”.
El hombre argumentó que sufría mucho, que no sabía cómo actuar y que la actual situación se mostraba tan oscura que no creía que fuera capaz de solucionar todos los problemas sin la ayuda de las fuerzas superiores. El Viejo respondió con voz bondadosa: “El Universo no quiere que sufras, sin embargo exige que tu evoluciones para llegar a la próxima estación. Aprender, transformarse, compartir y seguir son momentos diferentes de cada etapa entre las innumerables existencias permitidas, como escuelas de sabiduría y amor”.
El hombre dijo que también necesitaba de mucha protección, pues parecía que todo lo malo le estaba sucediendo. El monje mordió un pedazo de torta y dijo: “Estamos sujetos a la inexorable Ley de Acción y Reacción, una de las que componen el Código No Escrito. Ella atrae a tu vida personas y situaciones que te son adecuadas, no por punición sino de acuerdo al rigor necesario para el aprendizaje del alumno, en la misma medida de sus actitudes. El perfume de la flor atrae pájaros y mariposas; el olor del alcantarillado llama para sí ratones y cucarachas. Así, escogemos los que nos acompañan y definimos el próximo destino”.
“Nadie está fuera del alcance de las Leyes. Los guardianes o ángeles del Universo están impedidos para interferir, pues la situación conflictiva es parte de la lección que te corresponde. De esta manera primero debes ayudarte para ser ayudado. Es una gran ilusión creer que la casa del mal es el mundo. Su raíz está en cada uno de nosotros, en mayor o menor intensidad, dependiendo de la expansión de la consciencia individual. Créelo, nadie te perjudica más que tu mismo. Ecualizar las emociones y pensamientos en ondas de Luz, envolviéndolos con amor para que puedan materializarse en buenas actitudes es la defensa más eficaz contra el mal, ya que crea una cúpula de protección energética a tu alrededor y permite la aproximación de ejércitos con mayor rapidez, consentimiento y poder. Como puedes ver, el mejor escudo contra el mal es un corazón puro”.
“Nunca te faltará el auxilio, sin embargo cada cual tendrá la ayuda en la exacta medida de sus necesidades de desarrollo, de la voluntad sincera para transformarse y de sembrar flores para quien viene detrás. No podemos olvidar que las dificultades nos traen las lecciones indispensables para el perfeccionamiento del alma muchas veces aún muy embrutecida, necesitando de métodos rigorosos de aprendizaje”.
“Reflexiones y meditaciones en el encuentro consigo mismo son herramientas poderosas para la ampliación de la consciencia. Lecturas auxilian en la creación de ideas y sustento filosófico. Las oraciones germinadas desde el corazón son de extremo valor, ya que ayudan al equilibrio emocional y el auxilio rogado, de alguna manera, nunca faltará, pero no te olvides de que ningún santo dará los pasos que te corresponden. La ayuda jamás llegará en forma de carrozas repletas de oro o haciendo que la persona amada se doblegue ante tus deseos. El auxilio viene a través de señales que indican un nuevo sentido y de las ‘casualidades’ que crean situaciones inimaginables a fin de protegernos o mediante intuiciones luminosas que apuntan las indispensables metamorfosis del alma, al cambiar el sentir, pensar y actuar”. “Esta es la alquimia de la vida: la transformación de sombras en luz, del dolor en amor. Esto es lo más precioso de los milagros y muchos ni se dan cuenta de que los tienen a la mano”.
Como un vicio moderno, el hombre reclama de la situación del planeta, dice que todo está errado en todo lugar y que el mal parece dominar sin riendas. El monje lo miró a los ojos con dulzura y comentó: “Cuando nos lamentamos del mundo criticamos nuestra propia situación interna. El mal es fruto de las sombras que habitan en cada uno de nosotros, de nuestras imperfecciones y dificultades, formando un colectivo de iniquidades. Por el contrario es también válido afirmar que somos la Luz en la construcción del bien y en el mantenimiento de la Obra. A través de los siglos el mundo siempre ha sido una fotografía exacta de nuestros corazones; del mío y del tuyo. ¿Quieres cambiar el mundo? Transfórmate a tí mismo. ¿Cómo? Perfecciona tus elecciones”. El hombre asintió con la cabeza concordando pero más por desconcierto que por satisfacción.
En seguida volvió a lamentarse de su situación e insistió en que le fuese dicho cómo, de forma objetiva, podría revertir las actuales dificultades. “No tengo la menor idea”, dijo el Viejo. Ante la mirada atónita del hombre, me pidió que le sirviera un poco más de café y explicó: “Administrar la vida ajena es muy fácil y tentador, sin embargo también demuestra ligereza y arrogancia. El ejercicio de la vida, con sus dolores y delicias, es la herramienta personal e intransferible de la cual disponemos para desarrollar las alas del alma e incentivar nuestra evolución. Entiende, acepta y usa adecuadamente la libertad de buscar y decidir”.
“Apesar de que nunca te faltará ayuda – y que seamos claros, no para un desenlace mágico a tus problemas, pues el auxilio no se dará en la medida de los deseos del ego y sí por la necesidad del alma; es decir, mediante condiciones para alterar, por sí y a través de sí, la realidad – la parte más importante del proceso tendrá que ser hecha por ti al ampliar tu consciencia, al tener apertura de corazón, al desapegarte de los viejos conceptos; medidas que se reflejarán en el perfeccionamiento de tus decisiones”.
Observó al hombre durante algunos instantes y le aconsejó: “Busca el silencio y la quietud para estar a solas contigo mismo; sumérgete profundamente. Conocerse a sí mismo es el camino hacia la plenitud. Establece para ti mismo clausulas inviolables de amor y dignidad. Percibe lo que necesita ser modificado en tu vida. Absolutamente todo puede ser diferente y mejor. Todos los sabios ya hicieron eso para romper la dureza del capullo y sentir las alas de la libertad”.
El Viejo nos pidió que uniéramos las manos e hizo una sentida oración por el amor y la Luz. El hombre agradeció educadamente por la conversación y la oración y partió. A solas con el Viejo le dije que tenía la impresión de que el visitante había quedado un tanto decepcionado. “Pocos aceptan los encargos y el trabajo que les corresponde. Sin embargo, si mis palabras son una buena semilla, tarde o temprano germinará”, dijo el monje. Hizo una pequeña pausa y finalizó: “En verdad, las transformaciones exigen grandes esfuerzos que no todos parecen dispuestos a operar. Piensan que es más fácil rogar por un milagro que nunca vendrá, pues el buen educador no hace la tarea del alumno. Se ruega por socorro para que se materialice un castillo de muros altos que garanticen privilegios y comodidades, cuando en realidad la ayuda llegará en forma de puente siempre y cuando exista en el andariego voluntad sincera para caminar y atravezar el abismo”.

El dia de la independencia...




Sentí alegría al ver la clásica bicicleta de Lorenzo, el elegante zapatero amante de los vinos y de los libros, recostada en el poste en frente a su taller. Yo estaba mal. Una serie de acontecimientos con diferentes personas hacían que me sintiera en un carrusel de emociones que variaban entre la irritación y la tristeza. Fui recibido con un fuerte abrazo y alegría sincera. El artesano pidió que me acomodara mientras hacía café fresco para animar nuestra conversación. Le dije que necesitaba desahogarme e intercambiar ideas, pues parecía que el mundo conspiraba contra mí. De un momento a otro muchas de mis relaciones se habían vuelto problemáticas o frustrantes. Relaté algunos desentendimientos y decepciones que habían ocurrido algunos días atrás con diversas personas a quienes apreciaba mucho. Agregué que todo había sucedido al mismo tiempo y hasta bromeé diciendo que parecía karma. Lorenzo colocó dos tazas llenas de café sobre el mostrador y dijo: “Karma es aprendizaje. Todo karma es un maestro que va a perfeccionar y a  fortalecer al aprendiz. Entendidas las lecciones el karma desaparece así como aquel tipo de situación, hasta entonces recurrente, pues ya no hay más razón para que exista. Por otro lado, el Karma se prolonga y hasta se endurece en la medida que nos rehusemos a evolucionar. Si la vida es una universidad, el karma se resume a las materias que debemos cursar”.

“Cuando el mundo entero parece estar en contra nuestra, comúnmente el problema está dentro de nosotros”. Me sentí indignado. Dije que las personas me estaban maltratando y él decía que el error era mío. El zapatero no se alteró. Con su voz siempre serena explicó: “No se trata de saber quien está en lo cierto o equivocado, esto no tiene importancia, pues quien habla es el ego, jamás el alma. Se trata de un cambio de visión con relación a la vida, de permitirte una nueva postura ante todas las cosas, de no autorizar a cualquier persona a tener ningún poder sobre ti, principalmente el derecho de hacerte sufrir”, hizo una pausa y agregó: “Ha llegado el momento de dar tu grito de independencia”.

Me tambaleé en la silla no sé si por la incomodidad o el interés. Le pedí que prosiguiera con el raciocinio. Lorenzo arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Todos quieren ser amados y aceptados. La manera más fácil y también  la más llana es que nos den la razón, nos aplaudan y nos digan lo maravillosos e importantes que somos. Por fortuna la vida no es así o de lo contrario viviríamos en estado de completo estancamiento y total hipocresía. Un ser atento a la evolución trata la contrariedad y la decepción como herramientas de perfeccionamiento y pruebas de madurez, nunca como causas de tristeza o resentimiento”.

Le pedí que se explicara mejor. Mi buen amigo fue didáctico: “El origen de tanto sufrimiento está en el simple hecho de que los otros no corresponden a nuestras expectativas. Esperamos algo de alguien y esa persona nos entrega una cosa muy diferente a lo deseado”. Me miró fijamente y preguntó: “¿No es así?”. Sacudí la cabeza concordando. Argumenté que las personas deben relacionarse con la misma sinceridad y amor que les ofrecemos. Lorenzo levantó las cejas y dijo: “Ese es el gran error. Cada cual sólo entregará en la exacta medida de sus posibilidades, de acuerdo con su grado de entendimiento y grandeza de sus sentimientos. Ni más ni menos. ¿Esperabas flores de alguien que te entregó piedras? Pues bien, era lo que tenía en su corazón en aquel momento. ¿Cómo esperar flores de un jardín desierto de amor? Ese es el momento para actuar con sabiduría y retribuir con una suave lluvia de compasión. De lo contrario, quedarás atado a una corriente energética estéril de virtudes y luz”. Dio una pausa y concluyó su argumento con una óptica diferente: “Por otro lado, muchas veces deseamos flores que no merecemos. Nunca olvides pensar diferente y actuar mejor la próxima vez. Es la parte que nos corresponde en todas las relaciones. Siempre es posible y es un excelente ejercicio en la escalada evolutiva”.

“Exigimos lo mejor de los otros y deseamos ser comprendidos por nuestras limitaciones y justificaciones. Esta es la raíz de los conflictos. El camino de la paz es invertir la ecuación: ofrecer lo mejor de nosotros y tener buena dosis de tolerancia ante la dificultad ajena”.

Mencioné que la teoría era buena, pero que no era lo suficientemente clara. El artesano concordó: “Tienes razón, falta otra cuestión: la independencia emocional”. Volví a interrumpirlo para manifestarle que no estaba comprendiendo. Él dijo: “Si no eres dueño de ti, de tus emociones, nunca tendrás algún control sobre la propia felicidad. Quien no es señor de sí será esclavo de la aprobación ajena. Cuando nos rehusamos a entender quiénes somos, no podemos armonizar las emociones más densas que nos habitan. Sin transmutarlas nunca conoceremos la paz. Aceptar el desafío de enfrentar las tempestades en sí mismo es recuperar el timón de la vida o de lo contrario serás un barco a la deriva, a merced de los acantilados del desespero”.

“Cada vez que estamos irritados o tristes significa que comenzamos a perder la batalla ante las sombras, individuales o colectivas. No podemos exigirle al mundo la perfección que aún no podemos ofrecer. La paciencia no siempre es un acto de generosidad sino, principalmente, de humildad. El individuo despierto aprovechará inmediatamente cada contrariedad existente dentro de sí como abono para cultivar las flores que todavía no existen en su jardín. Son los jardineros de la luz”.

“Estamos condicionados a transferirle a los demás la responsabilidad que nos cabe ante una eventual adversidad. Si somos infelices la culpa es del mundo, ¿no es así? Intentamos explicar la propia imperfección en la imperfección ajena. Negamos el espejo para no ver las imperfecciones que sangran como heridas abiertas. Entonces creamos las dependencias emocionales como antídotos para retardar el dolor de la inseguridad y del miedo que envenenan la verdad. Cuando el mundo nos deja en abstinencia, sin sus dosis de aprobación, todo oscurece y la vida toma un sabor amargo”. Hizo una pausa y concluyó: “El resultado de ese comportamiento es volvernos adictos al ‘sí’ y a los aplausos de aquellos que nos rodean. Claro que llega un momento en el que la droga pierde el efecto o desaparece del mercado. El efecto colateral inevitable es la melancolía o el resentimiento. Así la humanidad aplaza las lecciones contenidas en todas sus relaciones y se vuelve aburrida por tantos lamentos”.

Le pregunté si él creía que yo estaba siendo fastidioso últimamente. Lorenzo dio una buena carcajada y respondió con honestidad: “¡Mucho!”. Ante la expresión de contrariedad que enseguida mostré, el artesano agregó: “Te quejas de todo últimamente. Cuando creemos que el mundo está fuera de lugar es porque aún no encontramos nuestro lugar en el mundo. Este lugar existe según tu capacidad para equilibrar ideas y emociones en tí mismo. Cuando todo parece incomodar, no lo dudes, hay algo errado dentro de nosotros. Entonces es hora de alinear lo que está enredado o no podremos proseguir”. Insistí en sustentar que yo era un hombre feliz. Él me miró con compasión y dijo: “Quien trae la felicidad en sí no pierde tiempo ni energía quejándose de la vida pues está ocupado con sus propias alas, empeñado en aprovechar el viaje”.

Admití que él podría estar en lo cierto, pero le confesé que no sabía por dónde comenzar. Lorenzo me observó como quien mira a un hijo y dijo dulcemente: “Sigue la cartilla básica: un buen inicio es dejar de lamentarse; deja de señalar los defectos ajenos; abandona la insensatez de querer modificar a alguien; nunca transfieras la responsabilidad por tus frustraciones. Estos son los escalones de la madurez, presupuesto fundamental para la libertad”. Tomó un sorbo de café antes de concluir: “En caso contrario renunciarás al control que tienes sobre la propia paz y se lo entregarás a los otros. Este es el motivo por el cual la serenidad se ha vuelto un artículo raro en las calles. Ser libre es tener autonomía sobre tus ideas y emociones. Ser pleno es entender que nadie depende de nadie para vivir la felicidad”.

Comenté que todos ansían los aplausos del mundo ante la dificultad de lidiar con los propios errores. El zapatero argumentó: “Sólo cuando falta humildad y simplicidad para reconocer la condición de aprendiz. Sé justo contigo ante el error, ten la responsabilidad de reparar lo que sea posible y asume el compromiso ante tí mismo de actuar de otra manera en una próxima oportunidad, sin sufrimiento o tortura pues estos son instrumentos de las sombras que paralizan y descontrolan. Sigue en paz, el universo en su infinito amor te dará la oportunidad de mostrar, en algún momento, que la lección fue aprendida”.

Lorenzo se levantó para servir más café en nuestras tazas. Insistí en que no sabía cómo comenzar con los cambios. Él, de pie, sentenció: “¡Transforma las viejas formas!”.  Le dije que no entendía exactamente lo que significaba aquella expresión. El artesano se sentó nuevamente y explicó: “En vez de lamentar la divergencia, aprovecha el conflicto para construir la paz. Esto es fuente de luz. En lugar de atribuirle la culpa a los otros, acepta la responsabilidad ante la propia evolución y las lecciones inherentes a la vida. Esto es parte del Camino. Solamente los tontos desean cambiar el mundo, los sabios se transforman a sí mismos pues saben que todo vendrá por afinidad. Finalmente, nunca le concedas a nadie el poder sobre tu paz. Esta es una de las muchas elecciones que te pertenecen. En las elecciones reside tu poder, en el perfeccionamiento de las virtudes conocerás tus alas”.

Lorenzo me ofreció una linda sonrisa y finalizó: “No olvides que no es el mundo el que define la belleza del viaje, sino la fuerza que traes en el corazón. Esta fuerza crece a medida que depuras, poco a poco, todas las virtudes en tí; sólo restan los comentarios incapaces de impedir tu jornada”. Me miró a los ojos y dijo: “No es necesario  autorización ni hay límites para quien vuela impulsado por los vientos de las propias virtudes”.